Valeria había llegado a su vida como un remolino de luz, de alegría, de promesas de un futuro mejor. La había conocido en una cena de negocios. Ella era la directora de relaciones públicas de una empresa competidora, inteligente, sofisticada, con esa sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Le había dicho que amaba a Miguel, que quería ser una madre para él, que juntos formarían una familia de nuevo. Y Ricardo, desesperado por creer que podía ser feliz otra vez, le había creído cada palabra.
¿Qué pasa? Valeria murmuró con voz adormilada. ¿Escuchaste eso? Ricardo preguntó en voz baja, mirando hacia el techo, como si pudiera ver a través de las paredes hasta el origen de ese sonido horrible. Escuchar que Valeria bostezó estirándose lánguidamente ese grito. Miguel, creo que viene del sótano. Valeria suspiró con ese tono de cansancio que Ricardo había empezado a escuchar cada vez con más frecuencia en las últimas semanas. Mi amor, ya hablamos de esto. Es el viento. Esta casa tiene casi 100 años.
Las tuberías viejas hacen ruidos extraños por la noche, los ductos de ventilación. No es Miguel. Miguel está en su habitación dormido. Pero sonaba exactamente como Ricardo empezó a decir, pero Valeria puso su mano suave sobre su pecho, empujándolo gentilmente de vuelta a la cama. Estás estresado, cariño. Has estado trabajando demasiado. Esa fusión con la empresa de Monterrey te tiene agotado. Necesitas descansar. Además, fui a revisar a Miguel hace dos horas. Estaba profundamente dormido. Todo está bien. Ricardo quiso creerle.
Dios, cómo quería creerle. Pero algo en su interior, algo primitivo e instintivo le decía que algo estaba terriblemente mal. Este no era el primer grito que escuchaba en medio de la noche. Durante las últimas tres semanas, casi cada madrugada, había despertado con ese mismo sonido, ese grito ahogado que parecía venir de las entrañas de la casa. Y cada vez que lo mencionaba, Valeria tenía una explicación perfecta. El viento, las tuberías, los gatos callejeros del vecindario, la imaginación de Ricardo trabajando demasiado.
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