Tengo paz. Además, soy profesora de historia. París está en los libros que he leído toda mi vida. Conozco esa ciudad mejor que tú, que solo querías ir para comprar ropa de marca.
Me di la media vuelta, les di la espalda. Esa espalda que tantas veces se había encorbado para cargar sus problemas, ahora estaba recta y firme. Ah, y una cosa más, dije girando la cabeza solo un poco, lo suficiente para que me escucharan bien, sobre los gatos.
Vi cómo agusaban el oído, esperando quizás que les diera las llaves de mi casa o alguna instrucción de salvación. Espero que tengan suficiente comida seca en los dispensadores”, dije con frialdad, “porque van a tener mucho tiempo libre para cuidarlos ustedes mismos.
Tienen suerte. El taxi de regreso les saldrá más barato que el vuelo a París.” Empecé a caminar hacia la azafata. Mis zapatos cómodos resonaban sobre la alfombra azul de la zona de embarque.
Sentí una ligereza en el cuerpo que no sentía desde que tenía 20 años. Mamá, mamá, no puedes. Escuché los gritos de Roberto a mis espaldas, pero sonaban lejanos, como si vinieran de otra dimensión, de una vida pasada que ya no me pertenecía.
Mis maletas, Baudilia, mi ropa chillaba Carla. Llegué al mostrador. La azafata me miró. Había visto toda la escena. Sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa y me atrevería a decir, admiración.
Buenas tardes, señora, me dijo, con un tono mucho más cálido que el protocolo habitual. Su pase de abordar, le extendí mi teléfono. Mis manos no temblaban. Aquí tiene, señorita, solo yo, Baudilia.
El escáner hizo VIP. Una luz verde hermosa y brillante se encendió en la consola. Bienvenida a bordo, doña Baudilia. Que tenga un excelente viaje. Crucé el umbral hacia el túnel del avión.
El aire cambió. Olía a aventura, a café recién hecho y a libertad. No miré atrás, sabía lo que dejaba. Dos adultos egoístas lidiando con la policía del aeropuerto, tratando de recuperar unas maletas que ya debían estar siendo bajadas a la pista y enfrentándose a la realidad de que su banco personal acababa de cerrar sus puertas para siempre.
Mientras caminaba por el pasillo telescópico, sentí una lágrima rodar por mi mejilla. No la sequé. Era una lágrima de duelo por el hijo que creí tener, pero también era el agua que regaba la semilla de la mujer que estaba renaciendo.
Entré al avión. La cabina de clase ejecutiva era un oasis de calma y lujo. Una azafata me recibió con una copa de champán antes de que siquiera me sentara. ¿Me permite su abrigo, señora?
Sí, gracias”, respondí entregándoselo. Me senté en el 2A. El asiento era amplio, suave, de cuero verdadero. Miré por la ventanilla. Abajo, en la pista, vi los carritos de equipaje moviéndose.
Imaginé a Roberto y Carla allá arriba detrás del cristal, viéndome partir. Había ejecutado mi plan en silencio, sin violencia, solo usando las mismas armas que ellos usaron contra mí, la subestimación.
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