A la mañana siguiente, mi bote de basura estaba torcido, con la tapa medio levantada y una bolsa que yo no reconocía encima.
Llamé a Ríos.
—Creo que ya saben —dije.
—Quédese adentro. No toque nada. Voy a mandar a alguien.
Esa tarde, la señora Keller apareció en mi porche con Don y Lydia a su lado. Los ojos de Don se deslizaron más allá de mí, hacia el interior de la casa.
Lydia sonrió.
—Queríamos darle el pésame.
—Escuchamos lo de las cartas —dijo Don—. Su abuela estaba alterada al final.
Keller se inclinó un poco hacia mí.
—No queremos que se propaguen malentendidos. Muéstrenos lo que escribió y podremos seguir adelante.
Mantuve la mano sobre la puerta de mosquitero.
—No.
La sonrisa de Keller se adelgazó.
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