El heredero del jefe de la mafia no dejaba de llorar en el avión hasta que una madre soltera hizo lo inimaginable.
A veces una vida entera cambia en un instante, incluso a miles de metros de altura. El avión avanzaba sobre un cielo grisáceo mientras un llanto desesperado rompía la tranquilidad de la primera clase. Era un llanto agudo, constante, imposible de ignorar.
La mayoría de los pasajeros se movía incómoda en sus asientos, aunque nadie se atrevía a decir nada. Y no por respeto, sino por miedo. El bebé en brazos del hombre del asiento un a no dejaba de llorar.
Tenía apenas dos meses, pero su llanto parecía cargar con todo el dolor del mundo. Su nombre era Alessio Maneli. Y el hombre que lo sostenía intentando ocultar el temblor en sus manos era Alesandro Manseli, líder silencioso de una de las organizaciones más poderosas del noreste de Estados Unidos.
A simple vista, Alesandro lucía impecable en su traje negro hecho a la medida, pero su expresión era la de alguien al borde del colapso. Mandíbula tensa, mirada dura y detrás de esa dureza algo que casi nunca se veía en él.
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