—Estás herida.
—Vi… vi un punto rojo —balbuceó ella—. En su camisa.
Elías tiró de Gabriel para levantarlo. Nicolás hablaba a gritos por radio. Todo era caos.
Pero Gabriel no soltó la muñeca de Mía.
—Ella viene con nosotros.
—Jefe, es una civil —gruñó Elías—. Tenemos que movernos.
—Vio al tirador. Viene con nosotros.
Mía no tuvo opción. La arrastraron por la salida de servicio, la bajaron por una escalera de emergencia y la metieron en la parte trasera de una camioneta blindada. Cuando arrancaron bajo la lluvia, ella volteó una última vez hacia la torre. Su vida normal —pobre, cansada, miserable, pero suya— desapareció en ese instante.
La llevaron a una propiedad escondida en el bosque, a las afueras de Valle de Bravo. Una fortaleza de cristal, concreto y silencio.
Le quitaron el celular. La revisó una mujer que parecía más soldado que ama de llaves. Después la condujeron a un despacho enorme donde Gabriel, ya sin corbata y con la camisa salpicada de sangre, servía whisky junto a una chimenea.
—Bebe —dijo, ofreciéndole un vaso.
—Quiero irme a mi casa.
—No puedes volver a tu casa. El que falló el disparo falló por tu culpa. Eso te convierte en un cabo suelto.
Mía sintió que le flaqueaban las piernas.
—Entonces soy una prisionera.
—Eres una invitada con vigilancia reforzada.
Él se acercó y se puso en cuclillas frente a ella.
—¿Por qué lo hiciste?
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