Pero eso significaba algo que lo aterraba más que el hambre o el frío. Significaba volver a los talleres, significaba ser visto, significaba arriesgar humillación. Pero cuando cerró los ojos, vio la placa BXM847. Vio a su hijo Samuel preguntando, “¿Me enseñas, papá?” Y supo que no tenía opción. A la mañana siguiente, Martín Herrera usó 40 de sus 180 pesos en el baño público de la central camionera. Se lavó. Se afeitó con una rasuradora desechable. limpió su ropa lo mejor que pudo en el lavabo.
Se miró al espejo. Un hombre de 41 años que parecía de 55 lo miraba de vuelta. Ojeras profundas, piel curtida por el sol, manos todavía manchadas de mugre que ningún jabón podía quitar completamente, pero sus ojos, por primera vez en 847 días, tenían algo de luz. Escucha con las manos, se dijo a sí mismo, piensa con el corazón. Y salió a buscar trabajo. El primer taller al que Martín llegó fue servicio automotriz Velasco en la avenida Federalismo.
Era grande, moderno, con seis naves y un letrero luminoso que decía diagnóstico computarizado, certificación internacional. Se acercó a la recepción. La chica detrás del escritorio, no más de 25 años, maquillaje perfecto, uñas largas pintadas de rojo, levantó la vista y su expresión cambió instantáneamente. ¿Busca algo?, preguntó, su tono dejando claro que esperaba que dijera no y se fuera. Busco trabajo de mecánico, dijo Martín intentando sonar firme. La chica lo miró de arriba a abajo. La ropa de Martín estaba limpia pero raída.
Sus zapatos tenían huecos. Su chamarra tenía remiendos hechos con cinta adhesiva. ¿Tiene currículum? No, pero tengo 15 años de experiencia. ¿Puedo? Sin currículum no podemos hacer nada. Gracias. volvió a su computadora dando la conversación por terminada. Martín se quedó parado ahí 5 segundos, 10. La chica no volvió a mirarlo, salió despacio. El segundo taller fue peor. Se llamaba Automaster Pro, en la colonia americana. Era más pequeño, pero aún más moderno. Tenían máquinas de alineación digital, elevadores hidráulicos, escáneres de última generación.
El gerente, un hombre de 35 años con camisa polo y iPad, lo entrevistó en la puerta misma sin invitarlo a entrar. “Certificaciones?”, preguntó sin presentarse. “No tengo certificaciones oficiales, pero sabe usar escáner OBD.” “Sí, pero trabajo mejor con tiene herramienta propia.” Martín bajó la mirada. La perdí hace 3 años, pero puedo. Mire, lo interrumpió el gerente con tono que no era cruel, pero sí indiferente. Sin herramientas, sin certificaciones, no puedo usar sus servicios. La competencia está brutal.
Necesito gente que llegue lista para producir desde el día 1. Lo siento. La puerta se cerró. El tercer taller fue humillante, taller Hernández en la colonia Atlas. Era viejo, tradicional el tipo de taller donde don Rafael habría trabajado cómodo. Había un Volkswagen Sedán 1975 en la nave principal con un mecánico de unos 60 años soldando algo en el cofre. Martín sintió esperanza. “Disculpe”, dijo acercándose al mecánico. “Están contratando?” El viejo lo miró. Sus ojos se detuvieron en las ropas de Martín, en sus manos sucias, en su aspecto general de derrota.
“¿Eres mecánico o vienes a pedir dinero?” Las palabras dolieron como golpe físico. “Soy mecánico. Trabajé 15 años. Heredé el taller de mi padre. Si heredaste un taller, ¿por qué andas así?” El viejo escupió al piso. Mira, chamaco, no sé qué historia me quieres contar, pero aquí no necesitamos limosneros. Si quieres dinero, la iglesia está a dos cuadras. No estoy pidiendo limosna, estoy pidiendo trabajo. Puedo demostrarle que órale, vete antes de que llame a la patrulla. Martín salió con la cara ardiendo de vergüenza.
Visitó siete talleres más esa semana. Las respuestas eran variaciones del mismo tema. No contratamos gente sin referencias. Necesitas certificación actualizada. No tengo nada disponible en este momento. O simplemente lo siento. Algunos ni siquiera le daban la oportunidad de hablar. Veían su aspecto y negaban con la cabeza antes de que abriera la boca. Al séptimo día, Martín tenía 65 pesos restantes de sus 180 originales. Había gastado en transporte, en un poco de comida, en copias de un currículum improvisado que había escrito a mano en la biblioteca pública.
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