Cada técnica de soldadura con gas acetileno que ya nadie usaba, pero que era la única forma correcta de reparar chasís de vehículos anteriores a 1960, un mecánico de verdad. le decía su padre mientras ajustaban juntos el carburador Carter de aquella GMC 1946, verde musgo. Escucha con las manos y piensa con el corazón, “Las máquinas tienen alma, Martín, y solo quien tiene alma puede repararlas.” Martín tenía todo. Un taller próspero con cuatro empleados. una esposa, Laura, que lo había conocido cuando él tenía 22 años y ella trabajaba en la refaccionaria de Don Chema, un hijo, Samuel, que a los 5 años ya sabía distinguir el sonido de un motor de seis cilindros de uno de ocho.
Y entonces, en una tarde de marzo de 2023, todo se derrumbó. Su padre sufrió un infarto fulminante mientras reparaba el motor de un Chevrolet Apache 1959. Martín lo encontró caído junto al cofre abierto con una llave española de 14 mm todavía en la mano. Para cuando la ambulancia llegó, don Rafael Herrera ya había partido. Lo que Martín no supo ese día, lo que no descubriría hasta dos meses después, era que su padre había firmado como aval de un préstamo para el hermano de Laura.
Su cuñado Roberto había pedido 850,000 pesos para un negocio seguro de importación de refacciones. El negocio era mentira. Roberto desapareció con el dinero. Los cobradores llegaron al taller de Martín exigiendo pago inmediato. Don Rafael había avalado con todo, el taller, su casa, incluso la GMC 1946, que era el orgullo de la familia. Martín intentó pelear. intentó explicar, intentó conseguir préstamos para pagar, pero los intereses crecían como monstruos. 850,000 se convirtieron en 100,000 en solo 3 meses. Perdió el taller primero, luego la casa, los muebles, las herramientas de su padre.
Todo fue rematado en una subasta donde él solo pudo observar llorando mientras extraños compraban por centavos lo que había costado décadas construir. Laura aguantó 6 meses. 6 meses viviendo en un departamento de dos cuartos en la colonia Artesanos con Martín trabajando en talleres de otros, ganando apenas para comer, gastando todo lo que quedaba en abogados que no lograban nada. No puedo más”, le dijo ella una noche de octubre con Samuel dormido en el cuarto de al lado.
“Mi hermana tiene espacio en Querétaro. Samuel necesita estabilidad, necesita escuela, necesita necesita un padre que no esté roto. Dame 6 meses más”, suplicó Martín. “Voy a ¿Qué vas a hacer, Martín? ¿Seguir llorando por tu padre? ¿Seguir culpando a mi hermano? Ya no reconozco al hombre con quien me casé. Se fueron tres días después. Samuel lloraba agarrado a su pierna. No quiero irme, papá. Quiero quedarme contigo. Quiero que me enseñes de autos como el abuelo te enseñó. Martín lo abrazó respirando su olor a jabón de bebé mezclado con el de grasa de motor, porque Samuel insistía en ir al taller donde él trabajaba cada sábado.
Voy a recuperar todo, mi hijo, lo prometo. Voy a recuperar el taller del abuelo. Voy a recuperar todo. Pero fue una promesa que no pudo cumplir. Dos semanas después de que Laura y Samuel partieran, Martín fue despedido del taller donde trabajaba. El dueño, un hombre de 50 años que había sido compañero de su padre, lo llamó a la oficina con ojos tristes. Martín, eres el mejor mecánico que he tenido, pero llegas tarde. Te encuentro llorando en el baño.
Ayer un cliente se quejó de que olías a alcohol. Fue una sola vez, don Memo. No va a volver a necesito que recojas tus cosas. Esa noche, Martín Herrera compró una botella de tequila barato con sus últimos 180 pesos y se sentó bajo el puente Belisario Domínguez. No tenía dónde ir. El departamento había sido desalojado esa mañana por falta de pago. Una botella se convirtió en dos, dos en una semana de botellas, una semana en un mes de despertar, sin recordar cómo había llegado ahí.
Los meses se volvieron borrosos. Durmió en albergues cuando había espacio, en las calles cuando no. Dejó de buscar trabajo. ¿Quién contrataría a un hombre que olía a miseria y derrota? Laura llamó tres veces en los primeros se meses. Luego dejó de llamar. Samuel le mandó un dibujo por correo que una monja de la iglesia de Analco le dio. Un niño y un hombre junto a un auto verde. “Te extraño, papá”, decía con letras torcidas de niño de 5 años.
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