La primera aproximación fue sutil, casi imperceptible. Durante un operativo fallido en una de las fincas de Escobar, el flaco se encontró separado de su grupo, aparentemente perdido en la selva que rodeaba la propiedad. Fue allí donde un agente encubierto de la DEA haciéndose pasar por un campesino local se acercó a él ofreciéndole ayuda para encontrar el camino de regreso.
En esa conversación aparentemente inocente, el agente dejó caer algunas palabras clave que revelaron su verdadera identidad y su propósito. “Sabemos quién eres”, le dijo con una sonrisa que helaba la sangre. Y sabemos que eres inteligente. Los hombres inteligentes saben cuándo es hora de pensar en su futuro, especialmente cuando ese futuro podría ser muy próspero.
Le entregó un teléfono satelital con un solo número programado y desapareció entre los árboles antes de que el flaco pudiera reaccionar completamente. Durante semanas, ese teléfono permaneció escondido en la casa de el flaco, como una serpiente venenosa, esperando el momento perfecto para atacar. Cada día que pasaba, el sicario se sentía más agobiado por la rutina de violencia que rodeaba su existencia.
Había presenciado como Escobar ordenaba la muerte de familias enteras. Había ejecutado personalmente a docenas de enemigos del cartel. había visto como la guerra contra el Estado colombiano se intensificaba sin que hubiera un final claro a la vista. La paranoia de Escobar también había crecido exponencialmente y ahora desconfiaba incluso de sus hombres más cercanos, sometiendo a todos a pruebas de lealtad, cada vez más extremas y humillantes.
El flaco se dio cuenta de que tarde o temprano esa desconfianza lo alcanzaría a él también y que su conocimiento íntimo de las operaciones del cartel lo convertía tanto en un activo invaluable como en una amenaza potencial que Escobar podría decidir eliminar en cualquier momento. La decisión final llegó después de un incidente que marcó un antes y un después en la percepción que el flaco tenía de su jefe.
Durante una reunión en una de las haciendas, Escobar sospechó que uno de los presentes, un contador que había trabajado para la organización durante más de una década, estaba pasando información a las autoridades, sin más pruebas que su intuición y algunos movimientos bancarios irregulares, ordenó que el hombre fuera torturado durante horas frente a todos los asistentes.

El flaco tuvo que presenciar cómo descuartizaban lentamente a un hombre que había conocido desde niño, alguien que había sido como un tío para él durante su juventud en las calles de Medellín. Las súplicas del contador, su insistencia en su inocencia, sus gritos de dolor que se prolongaron por más de 6 horas, se grabaron para siempre en la memoria del sicario.
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