—Cancelen la salida. Regresamos.
No entró a la mansión como marido furioso, sino como hombre de negocios preparándose para una guerra. Hizo llamar a un escolta de absoluta confianza y a un abogado penalista que llevaba años resolviendo asuntos delicados para su empresa. Ordenó instalar cámaras discretas en la cocina, en el estudio y en los pasillos. Cambió en secreto al personal de seguridad de la noche. Sacó a su madre de la mesa con cualquier pretexto y logró hablar con ella a solas solo una vez.
Helena Villaseñor —así se llamaba la anciana— rompió a llorar apenas él le dijo al oído:
—Ya sé que no estás bien, mamá. Ya no estás sola.
Esa noche fingieron normalidad.
Durante la cena, Camila sirvió la sopa con una sonrisa impecable. Nayeli observaba desde una rendija del corredor, escondida. Helena temblaba al otro extremo de la mesa. Alejandro tomó la cuchara, la llevó a la boca… y bebió. Camila sonrió apenas. Lo que no sabía era que, segundos antes de sentarse, él había cambiado el plato gracias a la ayuda del único empleado que seguía siendo leal a su familia.
Más tarde, desde el estudio, Alejandro vio las imágenes grabadas por las nuevas cámaras.
Camila entró a la cocina de madrugada con el mismo hombre que Nayeli había descrito. Hablaron del veneno, de la nueva dosis, de acelerar el deterioro antes de firmar ciertos documentos que le darían a ella el control total de una fundación millonaria y de parte de las acciones del grupo empresarial si Alejandro era declarado incapacitado. El hombre resultó ser un médico privado sobornado. Todo quedó grabado.
—Mañana no podrá ponerse de pie —dijo Camila frente a la cámara, sin saber que su máscara acababa de romperse para siempre.
A la mañana siguiente, Alejandro decidió terminar el juego.
Mandó llamar a Helena y a Nayeli al estudio. Luego pidió que Camila fuera allí con el pretexto de revisar unos papeles urgentes. Cuando entró, seguía impecable, hermosa, serena.
—¿Qué pasa, amor? —preguntó.
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