Gracias al testimonio de una joven, el multimillonario presenció cómo su esposa agredía a su madre.
Él la besó en la frente con cariño.
—Solo fueron dos días, Camila.
Entonces, desde el interior de la mansión, salió la anciana. Estaba limpia, bien vestida, peinada con cuidado. Parecía otra persona. Alejandro le tomó la mano.
—¿Cómo estás, mamá?
—Muy bien, hijo. Todo está bien.
La voz era suave, correcta. Pero Nayeli vio lo que nadie más parecía ver: el miedo congelado en la mirada de aquella mujer cuando Camila le rozó el brazo con fingida delicadeza.
Nayeli entendió algo terrible. Alejandro no sabía nada.
Volvió una tercera vez. Ya no era curiosidad. Era necesidad.
Rodeó la mansión por la parte trasera, se coló por una reja baja y llegó hasta una puerta de cristal entreabierta junto a la cocina. El aroma de carne asada y sopa caliente la golpeó en el rostro. Tragó saliva, no por hambre, sino por un mal presentimiento.
Adentro estaba Camila, sola frente a una olla humeante. Se movía con la tranquilidad de una esposa preparando la comida para su familia. Entonces tomó un pequeño frasco blanco, miró alrededor y vació un polvo fino dentro de la sopa.
Nayeli sintió que el corazón se le detenía.
Antes de que pudiera moverse, otro hombre entró a la cocina. Era menor que Alejandro, bien vestido, de ojos duros.
—¿Estás segura? —preguntó en voz baja.
Camila siguió mezclando la sopa.
—No necesito estar segura. Necesito terminar esto.
—Si aumentas la dosis, se va a notar.
—Que se note cuando ya sea demasiado tarde —respondió ella, casi sonriendo—. Quiero que se debilite, que los doctores se confundan, que todos hablen de estrés, de cansancio, de cualquier cosa menos de mí.
El hombre bajó aún más la voz.
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