—Si me va a ofrecer ayuda por lástima, mejor dígamelo de una vez para ahorrarnos tiempo.
Alejandro la miró unos segundos. Luego negó con la cabeza.
—No vengo a humillarte. Vengo a pedirte perdón por haberte seguido. Y a decirte que vi algo que no he podido sacar de mi cabeza.
Camila cruzó los brazos.
—¿Mi miseria?
—No —dijo él con una honestidad tan calma que la desarmó un poco—. Tu talento. Tu dignidad. Tu forma de construir algo bello con lo que otros tiran.
Hubo un silencio largo.
—No necesito que me rescaten —contestó ella.
—Lo sé. Y si intento hacerlo, me mandas al diablo.
Camila casi sonrió, pero se contuvo.
Alejandro respiró hondo.
—Solo quiero conocerte. Sin el edificio, sin el uniforme, sin el apellido.
Ella lo miró como si tratara de descubrir la trampa.
—¿Y por qué?
Él tardó un instante en responder.
—Porque en tu casa vi más verdad que en todas mis cenas de negocios juntas. Y porque no he dejado de pensar en ti.
Aquello sí la dejó sin defensa por un segundo.
No aceptó de inmediato. No se lanzó a sus brazos. No creyó en cuentos. Pero le dio una oportunidad.
Y así comenzaron los sábados.
Leave a Comment