No cuando se comprometieron. No después. Antes.
Todo estaba planeado.
Volví a casa a mediodía y, al entrar por el pasillo del garaje, escuché voces arriba. Laura tenía el altavoz puesto, como siempre.
—Papá anda raro últimamente —decía ella—, pero no te preocupes. Bruno y yo podemos aguantar unos meses más aquí. Al final siempre cede.
Y luego la voz de Mariana, clara, fría, perfectamente tranquila:
—Yo aguanto dos meses más de esposa feliz y meto el divorcio. La mitad de los regalos es legalmente mía. Sergio ya aceptó un sesenta-cuarenta a mi favor. Es el dinero más fácil que he hecho en mi vida.
Me apoyé en la pared porque por un segundo pensé que las piernas no me iban a sostener.
Laura soltó una carcajada.
—Y yo ya empecé a prepararlo. Ayer le pedí lo del coche. Luego le metes lo de la casa y ni le va a parecer mucho.
No subí. No grité. No hice nada de eso.
Bajé al despacho, cerré la puerta y busqué en internet un abogado patrimonial.
Al día siguiente estaba sentado frente al licenciado Roberto Méndez, contándole todo.
Él escuchó en silencio, revisó las fotos, tomó notas y al final me dijo con una calma que me devolvió un poco el aire:
—Su casa es suya. Si no hay contrato y usted ya no consiente que vivan allí, se les notifica y salen. Y si quiere blindar su patrimonio para que nadie vuelva a tratarlo como cajero automático, un fideicomiso irrevocable es su mejor opción.
—¿Qué tan blindado? —pregunté.
—Tanto como permite la ley —contestó.
Firmé ese mismo día.
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