—¿Qué pasó?
—No puedo explicarlo por aquí —dijo ella, casi en un susurro—. Encontré algo en las fotografías. Algo muy serio.
Antes de que pudiera seguir preguntando, escuché la voz de Laura desde la cocina.
—¡Papá! ¡Te lo he dicho tres veces! Necesito el dinero del coche esta semana.
Y, detrás de ella, la risa de Bruno rebotando desde la sala, acompañado por el ruido de la televisión como si esa casa le perteneciera.
—Voy para allá —le dije a Carolina.
Colgué y me quedé inmóvil frente a la pared del despacho, donde colgaba una fotografía enmarcada de la boda: Mariana con su vestido marfil, sonriendo con ese brillo que de niña heredó de su madre; Sergio a su lado, impecable, correcto, exitoso, exactamente el tipo de hombre que yo había imaginado para mi hija mayor.
Una hora después, manejé hasta el estudio de Carolina en la colonia Americana.
El lugar olía a café, madera y tinta de impresora. Carolina me recibió con los ojos tensos, como si llevara varios días durmiendo mal.
—Lo siento muchísimo, señor Ramírez —me dijo apenas cerró la puerta—. Dudé mucho antes de llamarlo, pero si yo estuviera en su lugar, querría saberlo.
No le pedí café ni agua. Solo le dije:
—Muéstreme.
Se sentó frente a una pantalla enorme y abrió una carpeta con el nombre de la boda de Mariana. Al principio aparecieron las imágenes hermosas de siempre: el jardín botánico, el altar, las flores blancas, mi hija avanzando del brazo mío con una sonrisa que en ese momento creí sincera.
Luego Carolina cambió de carpeta.
—Llegué dos horas antes de la ceremonia para hacer pruebas de luz —explicó—. Estas fotos se colaron por accidente desde una terraza lateral.
La imagen apareció en la pantalla.
Y sentí que el piso se movía.
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