Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Lucía parpadeó como si no hubiera entendido.
—¿Qué acabas de decir?
Renata comenzó a llorar, lágrimas abundantes, perfectas, como si las hubiera ensayado.
—No quería decir nada, pero ya no puedo seguir mintiendo —sollozó—. Pasó en julio, en la casa del lago. Todos estaban dormidos. Daniel entró a mi cuarto.
Se me cayó el tenedor al plato.
—Eso nunca pasó.
—¡No mientas! —gritó ella—. Me buscaste después, me estuviste mandando mensajes, me pediste que me callara…
—¡Yo ni siquiera tengo tu número!
Pero nadie me oyó. O peor: nadie quiso oírme.
Don Ernesto se levantó de golpe. Era un hombre grande, de manos pesadas, de los que imponían silencio con solo respirar.
—Fuera de mi casa.
—Don Ernesto, por favor, usted me conoce…
—¡Fuera!
Volteé hacia Lucía. Ella estaba pálida, con los labios abiertos y los ojos llenos de una decepción que me partió el pecho.
—Lucía, mírame. Sabes que yo jamás…
—Necesito que te vayas —murmuró, sin levantar la vista.
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