Me interceptó antes de que llegara a la mesa principal, con una sonrisa perfecta y los ojos fríos.
—Don Ernesto —susurró, poniendo una mano en mi pecho—, hubo un cambio de último minuto. Ya no puede sentarse aquí.
La miré sin entender.
—Soy el padre del novio.
—Sí, claro —respondió con una risita seca—, pero tenemos a los inversionistas del Grupo Cumbres Verdes en esta zona. Usted estará más cómodo atrás, en la mesa del personal. Cerca de la cocina.
Luego inclinó la cabeza y remató, muy bajito:
—Además… huele a establo.
No respondí. Solo miré por encima de su hombro y vi a Rodrigo riéndose con un grupo de hombres de saco azul marino y sonrisas caras. Nuestros ojos se cruzaron un segundo. Vio a su esposa impidiéndome entrar a mi propio lugar… y apartó la mirada.
No fui a la mesa del personal.
No fui a sentarme junto a los baños portátiles.
Tomé una cerveza de una bandeja y caminé hasta el establo.
Allí me encontró Rodrigo media hora después.
Entró dudando, como si el simple hecho de cruzar la puerta ya le costara trabajo. Yo estaba cepillando a Relámpago, el caballo alazán que Elena adoraba.
—Papá… —dijo.
—Felicidades, hijo.
Leave a Comment