Matos soltó una carcajada aún más fuerte.

Matos soltó una carcajada aún más fuerte.

Matos soltó una carcajada aún más fuerte.

—¿Siete años? —repitió—. Entonces ya deberías saber dónde estacionarte… no aquí.

Ferreira cruzó los brazos, disfrutando el espectáculo.

—A ver, señora —dijo—, deje de hacer el ridículo y váyase antes de que esto se ponga feo.

Jordana los miró a ambos.

Sin miedo.

Sin prisa.

Respiró hondo… y cambió el tono.

No más explicaciones.

No más súplicas.

—Oficial —dijo con calma absoluta—. Última vez que se lo pido: retírese.

El silencio fue inmediato.

No por respeto.

Por sorpresa.

Matos frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Está interfiriendo con una funcionaria del tribunal —continuó—. Y está a punto de cruzar una línea que no le conviene.

Ferreira soltó una risa nerviosa.

—¿Funcionaria? ¿Tú?

Matos dio un paso más cerca.

Demasiado cerca.

—Mira, ya me cansé —gruñó—. Vas a sacar ese coche ahora mismo o te saco yo.

Extendió la mano hacia su brazo.

Y entonces…

—¡SARGENTO MATOS!

La voz retumbó en todo el estacionamiento.

Autoritaria.

Irrefutable.

Los tres se giraron.

Un hombre de traje gris, canas impecables, bajaba las escaleras del edificio a paso firme.

Detrás de él, dos personas más.

Uno de ellos… el administrador del Palacio de Justicia.

—¿Qué está haciendo? —exigió el hombre.

Matos se cuadró de inmediato.

—Señor, esta mujer está invadiendo un espacio reservado—

—Ese espacio —lo interrumpió el administrador, con voz helada— está asignado a la jueza Santos.

Silencio.

Total.

Ferreira palideció.

Matos… no se movió.

No pudo.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top