Aquella noche de noviembre de 1898 no era diferente a otras.

Aquella noche de noviembre de 1898 no era diferente a otras.

Aquella noche de noviembre de 1898 no era diferente a otras.

O eso creyó María cuando descendió al sótano con la lámpara de aceite en la mano.

El aire allí abajo siempre era más denso, más frío. Olía a humedad… y a algo más que nunca había sabido nombrar, pero que esa noche reconoció de inmediato.

Hierro.

Y miedo.

El sonido llegó primero.

Un golpe seco.

Luego otro.

Y después… un murmullo.

No era viento.

No era la casa.

Era una voz.

María se quedó inmóvil en el último escalón.

Su instinto le gritaba que subiera.

Que olvidara.

Que sobreviviera.

Pero algo más fuerte la empujó hacia adelante.

Avanzó.

Paso a paso.

La luz temblaba en su mano.

Y entonces lo vio.

La puerta de roble.

Siempre cerrada.

Siempre prohibida.

Esa noche…

entreabierta.

Un hilo de luz escapaba por la rendija.

Y con él…

el horror.

María no abrió la puerta.

Solo miró.

Y lo que vio…

no tenía nombre.

Don Arturo.

El hombre que bendecía a los niños en la iglesia.

El mismo.

Pero no era el mismo.

Había alguien más.

Atado.

Inmóvil.

Y Don Arturo…

no estaba salvando.

Estaba destruyendo.

El mundo de María se rompió en silencio.

Retrocedió.

No gritó.

No lloró.

Porque entendió algo en ese instante:

Si él la veía…

ella sería la siguiente.

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