cualquier cosa. No nos vamos a ningún lado, papá, dijo Lucía abrazándolo. Ya no estás solo, ya no te puede tocar. Pero a ustedes sí. Son oficiales, pero aquí no tienen autoridad jurisdiccional. Él tiene armas, hombres, control total. Por favor, regresen a la ciudad de México. Yo me escondo en algún lado hasta que pase esto. Daniela negó con la cabeza. Papá, durante 76 años has enfrentado todo solo.
Criaste a tres hijas tú solo. Trabajaste 43 años bajo sol y lluvia para darnos educación. Sacrificaste todo por nosotras. Ahora es nuestro turno de protegerte a ti y no va a pasar nada porque tenemos algo que el coronel Salazar no tiene. ¿Qué? La ley de nuestro lado. Y algo más poderoso, la atención nacional. Ese video tiene ahora 2 millones de vistas. Programas de televisión están hablando del caso. Periodistas están llamando pidiendo entrevistas. Si algo nos pasa a nosotras o a ti, el escándalo será tan grande que ni su red de corrupción podrá protegerlo.
Su mejor opción ahora es esconderse y esperar que el proceso legal sea lento. Pero no va a tocarnos. Sería suicidio mediático y legal. Esa noche las hermanas montaron guardia alternada. Daniela dormía tres horas mientras Lucía vigilaba la casa desde la ventana. Luego cambiaban turnos. A las 2 de la madrugada, Lucía vio dos camionetas oscuras sin placas pasar lentamente frente a la casa. Se detuvieron 100 m adelante. Hombres con linternas bajaron. Lucía despertó a Daniela inmediatamente. Tenemos compañía.
Daniela miró por la ventana. Contó seis hombres armados. No vestían uniformes, pero su movimiento coordinado sugería entrenamiento militar o paramilitar. Son los matones de Salazar. vienen a intimidarnos. Lucía ya tenía su celular grabando. Si se acercan más, tenemos evidencia de asedio. Eso es delito federal. Pero los hombres no se acercaron, solo permanecieron ahí durante 2 horas, vigilando, intimidando con su presencia. Finalmente, cuando el sol comenzaba a salir, se fueron. El mensaje era claro. Estamos vigilándolos. A la mañana siguiente, Daniela y Lucía visitaron la comandancia de policía municipal.
Era un edificio pequeño y descuidado, con pintura descascarada y olor a humedad. El comandante Rogelio Silva, hombre de 50 años con barriga prominente y uniforme arrugado, las recibió con nerviosismo evidente. “Buenos días, comandante”, dijo Daniela, mostrando su identificación militar. “Venimos a interponer denuncia formal contra el coronel Héctor Salazar. por los delitos de lesiones, daño en propiedad ajena, amenazas y extorsión cometidos contra nuestro padre Ramiro Medina. El comandante Silva palideció, miró las identificaciones, luego a las dos oficiales, luego a la puerta como buscando escape.
Yo, este, contra el coronel Salazar, eso es muy delicado. Tendría que consultar con el Ministerio Público, con el juez. Lucía colocó sobre el escritorio una carpeta gruesa con evidencias. Comandante, aquí tiene 14 testimonios de comerciantes extorsionados, documentos financieros, videos y fotografías. Esto no es delicado, es flagrante y su obligación como autoridad es levantar la denuncia. Silva abrió la carpeta con manos temblorosas. Sus ojos recorrieron los testimonios. El sudor comenzó a correr por su frente. Señoritas, perdón, mayores, capitanas, ustedes no entienden cómo funcionan las cosas aquí.
El coronel Salazar es una persona muy influyente, tiene conexiones, el presidente municipal, el juez, todos somos, todos trabajamos coordinadamente. Coordinadamente para encubrir delitos, preguntó Daniela con voz cortante. Eso se llama complicidad, comandante. También es delito. Quiere ser procesado junto con Salazar. El comandante Silva se secó el sudor con un pañuelo sucio. No, no, yo solo, miren, voy a levantar la denuncia, pero les advierto que el proceso legal aquí es muy lento. Pueden pasar meses, años incluso. No nos importa cuánto tarde, dijo Lucía, mientras esté oficialmente documentado.
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