Madame Colette se quedó con la boca literalmente abierta. Los otros vendedores parecían estatuas. Y Joaquín Aristegui, Joaquín, que había orquestado todo esto, que había planeado cada detalle de su venganza, dejó caer la copa de champán que sostenía. El cristal Bakarat se estrelló contra el piso de mármol con un sonido que resonó en el silencio como un grito. El hombre japonés levantó las cejas sorprendido y luego su rostro se iluminó con una sonrisa genuina, cálida, llena de alivio.
A subarashi niongo gao josu deuné, watashi watanaka deu tanaka hiroshi. Ah, maravilloso. Su japonés es excelente. Soy Tanaka. Tanaka Hiroshi. Luciana sonrió de vuelta. Una sonrisa genuina, no la sonrisa profesional que había estado usando toda la noche. Hay mashite, Tanakasan, Watashi Waluciana, Tomoshimasu, Ky Wadonasai Mashitaka. Encantada de conocerlo, señor Tanaka. Me llamo Luciana. ¿Qué lo trae aquí hoy? Y los dos comenzaron a conversar como si fueran viejos conocidos, como si no hubiera 50 personas mirándolos con asombro, como si Joaquín Aristegui no estuviera parado a 10 m de distancia con la cara pálida y las manos apretadas en puños.
El señor Tanaka explicó en japonés con Luciana traduciendo ocasionalmente para Madame Colette que era el CEO de Tanaka Industries, una corporación tecnológica internacional con sede en Tokyo, que había venido a Madrid para una conferencia sobre innovación y sostenibilidad, que había escuchado de un colega empresario que Valencurt tenía una colección exclusiva de diseñadores europeos que le interesaba para su esposa, quien celebraría su aniversario el próximo mes. Mientras Luciana lo guiaba por la tienda, explicando cada pieza en japonés impecable, hablando sobre los diseñadores, sobre las telas, sobre los detalles que hacían cada prenda única, algo extraordinario sucedió en la boutique.
Los otros invitados, que habían estado riendo de ella hacía solo minutos, despreciándola, tratándola como invisible, ahora la miraban con asombro, con algo que se parecía peligrosamente al respeto. Madame Colette estaba congelada junto a la entrada con la boca ligeramente abierta, como si estuviera presenciando un milagro o una pesadilla, y no estuviera segura de cuál. Los otros vendedores susurraban entre sí, con los ojos muy abiertos. Y Joaquín, Joaquín Aristegui tenía la expresión de alguien que acaba de ver como su plan perfecto se desmorona frente a sus ojos, como alguien que había construido una trampa elaborada solo para descubrir que él mismo había quedado atrapado en ella.
Pero Luciana no había terminado, ni siquiera había comenzado. Cuando uno de los empresarios alemanes, el magnate que había reído de los comentarios de Joaquín, hizo un comentario en su idioma sobre cómo era impresionante que al menos una persona en Madrid pudiera hablar japonés, Luciana se giró hacia él sin perder un segundo y le respondió en alemán, perfecto. Con el acento de Berlín, danke für das Compliment. Ich spreche auch Deutsch, falls Sie weitere Hilfe benötigen. Wir haben eine ausgezeichnete Kollektion deutscher Designer, wenn Sie interessiert sind.
Gracias por el cumplido. También hablo alemán si necesita más ayuda. Tenemos una excelente colección de diseñadores alemanes si está interesado. El alemán casi se atragantó con su champán. Sus ojos se abrieron como platos. miró a Joaquín, luego a Luciana, luego de nuevo a Joaquín, como si estuviera presenciando algo imposible. Cuando la condesa italiana, una mujer de unos 50 años con más joyas que Luciana había visto en su vida, preguntó con voz ligeramente temblorosa por un diseñador específico de Milán, Luciana le explicó en italiano fluido la historia de la colección hablando sobre las influencias del renacimiento, sobre las técnicas de bordado que se habían preservado durante siglos, sobre cómo cada pieza era una obra de arte.
La condesa la miró como si estuviera viendo a un fantasma o a un ángel, no estaba segura de cuál. Cuando los inversores chinos, dos hombres de unos 40 años que habían estado hablando entre ellos en Mandarín, asumiendo que nadie los entendía, comenzaron a discutir si los precios eran negociables. Luciana se acercó y ofreció su ayuda en su propio idioma, explicando la política de precios de Valencur con tal fluidez que los dos hombres se quedaron en silencio por completo.
Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, como si respirara, Luciana continuó. Habló en inglés británico, no americano, sino el inglés de Oxford, con un cliente de Londres que preguntaba sobre envíos internacionales. Habló en francés parisiense con Madame Colet, explicándole detalles que la gerente misma desconocía sobre ciertos diseñadores. Y cuando un empresario brasileño llegó tarde al evento, Luciana lo saludó en portugués brasileño, no europeo, con ese acento cálido de Sao Paulo que hizo que el hombre sonriera con sorpresa y deleite.
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