Pensó en todas las decisiones que la habían llevado a este momento, en cómo había rechazado ofertas de trabajo en el extranjero para quedarse con su abuela, en cómo había dejado su carrera como intérprete cuando la crisis económica golpeó y los contratos se secaron. En cómo había aceptado este trabajo en Benkur, porque pagaba lo suficiente para cubrir los medicamentos y el alquiler. Pero entonces recordó las palabras de su abuela. Si algún día tienes que elegir entre este trabajo y tu dignidad, elige tu dignidad.
Y supo que pasara lo que pasara no se arrodillaría. No esta vez no nunca más. El día del evento llegó con un cielo azul implacable, uno de esos días de octubre en Madrid, donde el sol brilla, pero el aire tiene ese filo frío que anuncia el invierno. La boutique Bencourt había sido transformada durante la noche por un equipo de decoradores que probablemente ganaba más por una noche que Luciana en un mes. Las luces habían sido atenuadas y reemplazadas por velas, cientos de velas en candelabros de plata que proyectaban sombras danzantes en las paredes.
Las mesas habían sido cubiertas con manteles de seda importados de Italia, tan suaves que parecían agua congelada. Las copas de cristal, bacarat auténtico, según escuchó a Madame Colette explicar, reflejaban la luz de las velas como pequeños diamantes. El aroma a champán francés y canapés de caviar llenaba el aire, mezclándose con el perfume de docenas de rosas blancas que habían sido dispuestas en jarrones de cristal. Todo era perfección calculada. Todo costaba más de lo que la mayoría de las personas ganaría en un año.
Los invitados comenzaron a llegar a las 7 en punto. Empresarios internacionales con trajes que costaban más que un auto, miembros de la alta sociedad madrileña con joyas que podrían haber comprado casas enteras, mujeres con vestidos de diseñadores que Luciana solo había visto en revistas y hombres con relojes que brillaban como pequeños soles en sus muñecas. Luciana estaba asignada para servir champán y atender las solicitudes de los invitados. Se movía entre las mesas con la misma gracia silenciosa de siempre, invisible, pero presente, cumpliendo su función sin quejas ni protestas.
Llevaba el uniforme estándar de Valencourt para eventos especiales, más elegante que el uniforme diario, pero todavía claramente diseñado para ser funcional y discreto. Los invitados hablaban en múltiples idiomas: inglés, francés, italiano, alemán, discutiendo negocios millonarios con la misma casualidad con que otros hablarían del clima. Luciana escuchaba fragmentos de conversaciones sobre adquisiciones corporativas, inversiones en mercados emergentes, propiedades en la Riviera francesa y entonces él llegó. Joaquín Aristegui entró a la butica a las 8 en punto, deliberadamente tarde, porque los hombres como él nunca llegan primero, como un rey entrando a su corte.
Traje gris oscuro hecho a medida por algún sastre londinense, corbata de seda italiana en un tono de azul tan profundo que parecía negro. Expresión de quien sabe que domina el tablero y cada pieza en él. Su cabello estaba peinado hacia atrás con ese descuido cuidadosamente calculado que solo el dinero puede comprar. A su lado venían cinco hombres, empresarios de diferentes países, todos con la misma aura de poder y dinero, todos con ese aire de haber nacido, creyendo que el mundo les pertenecía.
Luciana reconoció a un magnate alemán que había visto en las noticias, a un empresario italiano cuya familia era dueña de la mitad de Milán, a un inversor chino cuya fortuna era legendaria. Luciana sintió su mirada antes de verla. Era como un peso físico, una presión en la nuca. Cuando finalmente sus ojos se encontraron, Joaquín sonró. Pero no era una sonrisa amable. No era la sonrisa de alguien que había olvidado la ofensa. Era la sonrisa de un depredador que acaba de encontrar a su presa y está saboreando el momento antes del ataque.
Se acercó a ella lentamente con pasos medidos, mientras los otros invitados observaban con curiosidad apenas disimulada. Claramente algunos sabían lo que había pasado. Claramente habían venido no solo por el champán y la moda, sino por el espectáculo. Tú debes ser Luciana. Su voz sonó suave, casi cortés, como tercio pelo cubriendo acero, pero había algo oscuro debajo de las palabras, algo peligroso. Sí, señor, ¿en qué puedo ayudarle? Joaquín se giró hacia sus acompañantes hablando en alemán con acento perfecto, el alemán de alguien que había estudiado en universidades suizas que había hecho negocios en Berlín y Munich.
Dice Fra un bedienen hoenter als sie aussieht, obwohl ich bezweifle, dass sie versteht was wir sagen. Los hombres rieron. Luciana entendió cada palabra. Esta mujer nos atenderá hoy. Espero que sea más competente de lo que aparenta, aunque dudo que entienda lo que decimos, pero no reaccionó. Su rostro permaneció sereno, neutral, profesional. Solo sostuvo la bandeja de champá con manos firmes y esperó como si no hubiera escuchado nada, como si no entendiera nada. Joaquín continuó esta vez en italiano, el italiano de alguien que había pasado veranos en la Toscana que había cenado con condes en Roma.
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