No era la mirada asustadiza de un perro callejero. Era una mirada profunda, penetrante, urgente. Una mirada que parecía cargar con una inteligencia casi humana, como si comprendiera perfectamente el infierno por el que estaba pasando el hombre al otro lado del vidrio.
Y luego, el perro hizo algo que heló la sangre de Eric.
Giró su cabeza majestuosa lentamente, apartando la vista del calor de la cabaña, y miró fijamente hacia la amenazante y oscura línea de árboles en la sierra, allí donde la tormenta era más feroz.
Luego volvió a mirar a Eric.
¿Podría un simple animal callejero tener la clave para salvar la vida de una niña en una montaña a punto de desgajarse? ¿O era solo una cruel jugarreta de la naturaleza, una alucinación para un padre al borde de la locura por el dolor y la falta de sueño?
Antes de que Eric pudiera procesar lo que estaba viendo, un estallido violento de estática llenó la habitación.
Provenía de la vieja radio de onda corta en la mesa de la cocina, el único enlace que le quedaba con el mundo exterior.
La voz del Comandante Talavera, líder de Protección Civil de la región, resonó a través de la bocina con una claridad dolorosa. Estaba cargada de un pesar profundo, de una derrota innegable y amarga.
“Aquí Base a Sierra Uno… Eric, ¿me copias?” La voz del comandante se cortó por la estática. “Eric… nada, hermano. Lo siento con toda mi alma”.
Cada palabra de Talavera fue como un balazo a quemarropa en el pecho del soldado.
“Tengo órdenes directas desde la capital”, continuó la voz en la radio, sonando exhausta. “El equipo de respuesta rápida y los binomios caninos tienen que retirarse de inmediato. La tromba está empeorando y el terreno ya no aguanta. El cerro de la Cruz acaba de sufrir un deslave y bloqueó la carretera federal. Estamos atrapados de este lado”.
Eric se acercó tambaleándose a la radio, apretando el botón de transmisión. “Talavera, no. No pueden dejar de buscar. Mi niña sigue allá afuera. ¡Solo tiene cinco años, por el amor de Dios!”
“Eric, escúchame bien”, la voz del comandante se quebró. “No podemos arriesgar a cincuenta hombres en una misión suicida en medio de la noche. La montaña se está cayendo a pedazos. Si mandamos gente ahora, solo habrá más muertos. Toda operación de búsqueda queda oficialmente suspendida hasta que salga el sol. Que Dios la proteja esta noche, Eric. Cambio y fuera”.
El clic de la radio desconectándose sonó como la puerta de una bóveda cerrándose para siempre.
Dentro de la cabaña apenas iluminada, Eric soltó el radio y se dejó escurrir contra la pared de madera, sintiendo que el oxígeno abandonaba por completo la habitación.
Su respiración se volvió errática. Su pecho subía y bajaba con violencia, luchando por conseguir aire en medio de lo que claramente era un ataque de pánico brutal.
El ex-militar, un hombre de complexión delgada pero con una musculatura firme como el roble, estaba reducido a nada. Su cabello castaño, ligeramente largo y salpicado de plata en las sienes, se pegaba a su frente sudorosa. Su rostro curtido, marcado por el sol y la pólvora, estaba contraído en una máscara de pura desesperación.
Llevaba puesta una playera gris de algodón debajo de una camisa de franela desabotonada, a cuadros rojos y azul marino, ahora arrugada y sucia por llevar 48 horas con la misma ropa.
“No, no, no…”, repetía entre dientes.
La imagen mental de Irene en la oscuridad, cubierta de lodo, llamándolo, era demasiado. Iba a morir. Si no la mataba el frío, la mataría el monte.
Apretó con fuerza los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
Y entonces, el sonido regresó.
Tac… tac… tac…
Eric abrió los ojos de golpe y miró hacia la puerta. El pastor alemán seguía ahí. No se había movido un centímetro. No había buscado refugio del aguacero.
Sus ojos ámbar brillaban en la oscuridad, clavados en el soldado caído.
El perro volvió a mirar hacia el bosque, luego a Eric. Vamos, parecía decir. No tenemos tiempo.
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