“Mis muchachos estaban haciendo un rondín perimetral de rutina,” comenzó a explicar Joe, con una voz baja y rítmica. “Con esta pinche tormenta, la tierra se estaba aflojando demasiado rápido. Rigs y Carver salieron a revisar el sector norte, cerca de lo que los lugareños llaman la Barranca del Diablo. Es un voladero traicionero, puro lodo y roca suelta, a unos tres kilómetros cuesta abajo del aserradero viejo.”
Eric tragó saliva. Conocía esa barranca. Era una caída casi vertical de más de cincuenta metros hacia un río de piedras afiladas. Un paso en falso ahí era una sentencia de muerte segura.
“Eran casi las ocho de la noche,” continuó Joe. “La lluvia estaba en su punto más fuerte. No se veía a más de dos metros. Pero Rigs… ese cabrón tiene oído de artillero. Escuchó un sonido que no cuadraba con la tormenta. No era el viento, no eran las ramas rompiéndose. Era un llanto. Un llanto diminuto, casi ahogado por los truenos.”
Joe hizo una pausa, y sus ojos se oscurecieron al recordar el reporte de sus hombres.
“Bajaron a rapel por la ladera de lodo. Y ahí estaba ella, Eric. Tu muchachita. Había resbalado por el borde de la barranca y estaba aferrada con sus manitas a la raíz expuesta de un pino viejo, colgando sobre el abismo. Estaba empapada, congelada, y se había lastimado el tobillo en la caída. Pero no se soltó. Es una niña increíblemente valiente. Tiene la sangre de un soldado corriendo por sus venas, no me cabe duda.”
El pecho de Eric se contrajo con una violencia física. La imagen mental de su pequeña Irene, su bebé de cinco años, colgando en la oscuridad absoluta, aferrándose a la vida con sus dedos diminutos mientras el lodo amenazaba con arrastrarla al vacío, era una tortura insoportable.
“La subieron con los arneses tácticos y la trajeron directo al campamento,” terminó Joe, su voz suavizándose. “Estaba aterrada, Eric. Cuando la logramos estabilizar un poco y le dimos algo caliente para beber, me senté con ella. Quería saber cómo demonios una criatura tan pequeña había caminado tantos kilómetros monte adentro con este clima.”
Joe bajó la mirada hacia el suelo fangoso por un momento, como si le costara encontrar las palabras. Cuando volvió a mirar a Eric, sus ojos brillaban con una humedad contenida.
“Le pregunté por qué se había alejado tanto de casa, Eric,” dijo Joe, y su voz, por primera vez, se quebró ligeramente. “Y la respuesta que me dio… Dios santo. Esa respuesta rompió los corazones de cada uno de los cabrones endurecidos que viven en este campamento.”
Eric sintió un nudo en la garganta del tamaño de una roca. “¿Qué te dijo, Joe? ¿Por qué se fue?”
“Dijo que estaba persiguiendo una luz,” susurró Joe. “Una mariposa. Una enorme mariposa luna de color verde pálido que brillaba en la oscuridad bajo la lluvia. La vio desde tu porche y empezó a seguirla hacia los árboles.”
Eric frunció el ceño, confundido. En las creencias de los pueblos de la sierra mexicana, las mariposas nocturnas y las polillas gigantes a menudo se asocian con espíritus, con almas que visitan a los vivos.
“Pero, ¿por qué adentrarse tanto? ¿Por qué no se detuvo?” preguntó Eric, desesperado por entender la lógica infantil de su hija.
Joe dio un paso más cerca de Eric y le puso una mano en el hombro.
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