El sillón donde había dormido miles de noches, la cocina donde había preparado incontables comidas, el baño donde había bañado a Graciela con la dignidad que ella merecía. Todo eso desaparecería pronto. Sería vendido, renovado, entregado a una nueva familia que nunca sabría las historias que esas paredes guardaban. Subí a la habitación de Graciela. Estaba exactamente como la había dejado después de su muerte. La cama todavía sin hacer, los frascos de medicamentos alineados en la mesita de noche y junto a la ventana, sobre una mesa pequeña, estaba la caja.
Era más grande de lo que había imaginado. Tal vez 60 cm de largo, 30 de ancho, 20 de alto. Madera oscura, vieja, con el barniz descascarado en las esquinas. Tenía grabados simples en la tapa, patrones geométricos que el tiempo había desgastado. Pesaba patrones. Cuando la levanté, calculé que tenía unos 5 kg. Algo traqueteó adentro. No la abrí. Ni siquiera sentía curiosidad. Graciela me había dicho que la abriera cuando no hubiera más nada. Y aunque técnicamente no me quedaba casi nada, todavía no había llegado a ese punto.
Todavía tenía mi auto viejo. Todavía tenía los $00 que Verónica generosamente me había dado después de la reunión, dejándolo sobre la mesa de Mauricio con una sonrisa condescendiente. Todavía tenía algo de dignidad. Poco, pero algo. Empaqué mis pocas pertenencias. ropa, algunos libros, fotografías de Celia, los planos de mis antiguos proyectos arquitectónicos. Ahora solo tengo recuerdos de una vida que ya no existía. Todo ocupo en tres cajas de cartón y una maleta rota. 12 años de vida reducidos a eso.
Cargué todo en mi auto. Un sedán del año 2008 que hacía ruidos preocupantes cada vez que acelera. La caja de madera la puse en el asiento del pasajero, asegurada con el cinturón de seguridad. No sé por qué le puse el cinturón. Tal vez porque era lo último que Graciela me había dado. Tal vez porque necesitaba creer que algo todavía importaba. Manejé sin rumbo durante horas. No tenía a dónde ir. Consideré hoteles baratos. Pero incluso el más económico costaría $0 la noche con $500.
Eso significaba menos de dos semanas. Y después, ¿qué? No tenía trabajo, no tenía referencias laborales recientes. Había estado fuera del mundo de la arquitectura durante más de una década. ¿Quién contrataría a un hombre de 46 años sin experiencia actualizada, sin portafolio digital, sin conexiones? Terminé en un estacionamiento público. Apagué el motor y me quedé ahí sentado mirando el techo del auto. La realidad comenzaba a aplastarme. Estaba solo, completamente solo. Los primeros días los pasé durmiendo en el auto.
Encontré un estacionamiento cerca de un parque donde la policía no patrullaba mucho por las noches. bajaba el asiento trasero, me cubría con una manta delgada y trataba de dormir, pero el frío se filtraba por las ventanas. Los ruidos de la calle me mantenían despierto. Cada hora que pasaba despierto era una hora pensando en lo absurdo de mi situación. Había dedicado 12 años a cuidar a alguien. Había sacrificado mi carrera, mi futuro, mi estabilidad. Y ahora estaba aquí sin hogar, sin dinero, sin nada.
Las palabras de Verónica resonaban en mi cabeza. Pobrecito Horacio, desperdició su vida. Tal vez tenía razón. Tal vez fui un idiota. Busqué trabajo, cualquier trabajo. Fui a estudios de arquitectura con mis viejos portafolios impresos, ya amarillentos y desactualizados. Lo sentimos. Buscamos a alguien con experiencia en software de diseño actual. Fui a tiendas, restaurantes, almacenes. Experiencia reciente en servicio al cliente. Número Ah, hasta en trabajos de construcción me rechazaron. Amigo, necesitamos gente joven, fuerte. No ofens, pero tú te ves cansado.
Tenían razón. Me veía destruido. Mis $500 se divertían. Gasolina, comida barata. Uso ocasionalmente baños públicos para asearme. En tres semanas me quedaban $10. El pánico comenzó a instalarse frío y permanente en mi pecho. El hambre se convirtió en mi compañera constante. No el tipo de hambre que sientes cuando se te olvida almorzar. El hambre real, esa que te retuerce las tripas, que te quita el sueño, que te hace mirar los botes de basura cerca de los restaurantes con una desesperación que jamás creí posible.
Compré barato, el más económico que encontré, 80 centavos la bolsa. Comía dos rebanadas en la mañana, dos en la noche, a veces solo una de cada vez para estirar el dinero. Tomaba agua de las fuentes públicas. Me lavaba en los baños de gasolineras con jabón barato y toallas de papel. Mi reflejo en esos espejos sucios me asustaba, ojos hundidos, barba crecida y descuidada, ropa arrugada que olía a humedad porque dormía con ella puesta. Me estaba convirtiendo en uno de esos hombres invisibles que la gente aparta la mirada para no ver.
Mi auto empezó a fallar. El motor tosía cada vez que lo encendía. Una mañana no arrancó. Tuve que pedir ayuda a un mecánico en un taller cercano. Él lo revisó y negó con la cabeza. La batería está muerta y tienes problemas en el alternador. También te va a costar como $300 arreglarlo. Me quedaban 95. ¿Y si solo cambio la batería? Tal vez te dure un mes, dos si tienes suerte. Pero el alternador va a fallar igual. No tenía opción.
Gasté en una batería usada. El mecánico me hizo un descuento por lástima. Lo vi en sus ojos. Suerte, amigo. Vas a necesitarla. $5. Eso era todo lo que me quedaba en el mundo. 5 entre yo y la calle completa. Seguí buscando trabajo, pero ahora era peor. Me veía como lo que era. Un hombre desesperado al borde del colapso. Los gerentes me miraban con desconfianza. Dirección actual. Dudaba. daba la dirección de la casa de Graciela, aunque sabía que Verónica ya la había vendido.
Teléfono de contacto. El mío estaba a punto de ser cortado porque no había pagado la factura. Las entrevistas duraban 3 minutos. Siempre terminaban con la misma frase. Te llegaremos. Nunca llamaron. Una noche, estacionado en mi lugar habitual vi algo que me rompió. Una familia de tres personas viviendo en una camioneta dos espacios más allá, padre, madre y una niña de tal vez 7 años. Los vi comer cereales secos de una caja compartiendo una sola botella de agua.
La niña se reía de algo que su padre había dicho. Se reía. A pesar de todo, esa familia encontraba la manera de reír. Yo no podía recordar la última vez que había sonreído. Me sentí morir por dentro. Esto era lo que esperaba. Vivir así indefinidamente, deteriorarse lentamente hasta convertirme en una estadística más. Consideré vender la caja. Era lo único que tenía con algún valor potencial. Madera antigua, grabados hechos a mano. Tal vez un anticuario me daría algo por ella.
50 100 si tenía suerte. Eso me compraría una semana más. La saqué del auto y la puse sobre el capó bajo la luz de una farola. La observé realmente por primera vez. Los grabados eran más intrincados de lo que había notado. Patrones que se entrelazan casi hipnóticos. Pasé mis dedos sobre la madera, sintiendo las imperfecciones, las marcas del tiempo. Y entonces recordé las palabras de Graciela. Cuando no haya más nada, abre la caja. Solo entonces. Miré a mi alrededor.
El estacionamiento vacío. Mi auto está muriendo. Los 35 que apenas me alcanzaban para una semana de pan. La familia en la camioneta, mi estómago vacío, mi futuro inexistente. Si esto no era, cuando no haya más nada, entonces, ¿qué era? Pero algo me detuvo. Un último vestigio de orgullo estúpido. Todavía tenía $5. Todavía tenía mi auto. Todavía no había tocado fondo completamente. Guardé la caja de nuevo en el asiento del pasajero. “Todavía no”, me dije en voz alta.
Mi voz sonó hueca en el espacio cerrado del auto. Los días siguientes fueron un descenso al infierno. Gasté los últimos dólares en comida, pan, agua embotellada cuando no encontraba fuentes públicas. Una vez un dólar en café instantáneo solo para sentir algo caliente en el estómago. Cuando llegué a cero, cero absoluto, entré en una fase de negación. Esto era temporal. Mañana encontraría algo. Pasado mañana, la semana próxima. Pero los días pasaban y nada cambiaba. Empecé a buscar comida en la basura.
Lo intenté. Me detuve frente a un contenedor detrás de un restaurante. Vi bolsas con restos de comida a medio consumir y no pude. No pude. Solo de pensarlo me dieron náuseas. Aún no había caído tan bajo, pero estaba cerca, peligrosamente cerca. Mi teléfono se cortó. Ahora estaba completamente desconectado del mundo. No podía llamar para pedir trabajo. No podía recibir llamadas si alguien quería contratarme. Era un fantasma. Caminaba por las calles durante el día para no gastar gasolina.
Buscaba lugares con Wi-Fi gratis para sentarme un rato, fingiendo que todavía era una persona normal. bibliotecas, cafeterías donde compraba el café más barato solo para poder quedarme, centros comerciales donde me sentaba en las bancas mirando a la gente pasar con sus bolsas de compras, sus vidas normales, sus problemas normales. Envidiaba a todos, absolutamente a todos. Una tarde, mientras caminaba sin rumbo, pasé frente a una galería de arte. Había una exposición. Entré porque era gratis y tenía aire acondicionado.
Las pinturas eran hermosas, abstractas, llenas de color. Me paré frente a una que mostraba una figura solitaria en un paisaje vacío. El título era abandono. Me quedé ahí 20 minutos solo mirando. Una mujer elegante se acercó. Conmovedora, ¿verdad?, asentí. Es sobre la soledad existencial en la era moderna. Siguió hablando, pero yo dejé de escuchar. Soledad existencial. Qué manera tan pretenciosa de describir lo que yo estaba viviendo. Ella no sabía nada de soledad real, de abandono real. Se fue después de un rato.
Yo me quedé hasta que cerraron la galería. Volví al auto esa noche y algo se rompió dentro de mí. Lloré. Lloré como no había llorado desde la muerte de Selia. Lloré por todo lo que había perdido, por los años desperdiciados, por la injusticia de todo, por lo que estaba, por el hambre que me carcomía, por la desesperanza que me ahogaba. Lloré hasta que no me quedaron lágrimas, solo espasmos secos que me dolían en el pecho. Y cuando terminé, me sentí vacío, completamente vacío, ni siquiera triste, solo nada.
Al día siguiente vi a Karina. Fue completamente accidental. Yo estaba en el centro buscando. No sé qué buscaba, tal vez solo caminaba para no pensar. Ella salió de una boutique cara cargada de bolsas. Llevaba un vestido color champán que brillaba bajo el sol, zapatos que probablemente costaban más que todo lo que yo había comido en el último mes. Iba acompañada de dos amigas, riéndose, feliz. Se veía radiante. Se veía como alguien sin una sola preocupación en el mundo.
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