Yo estaba sentado en un banco con un libro que no estaba leyendo y él apareció y me preguntó si podía acompañarme un momento. Le dije que sí. se sentó con esa postura de quien tiene 15 minutos y los va a usar bien. Me preguntó cómo me estaba adaptando, si había algo que necesitara, si el personal me había atendido bien. Le dije que todo estaba bien y luego porque llevaba tres días cargando con ello y porque había decidido que el momento tenía que ser elegido por mí y no por las circunstancias, le pregunté si él sabía algo de sus padres biológicos.
La pregunta lo detuvo en seco. No era el tipo de pregunta que un residente nuevo le hace al director en una conversación de cortesía. Me miró con una atención repentina y diferente, como quien ajusta el foco de una cámara. me dijo que la adopción había sido cerrada, que él lo sabía desde siempre, que lo había aceptado y que en algún momento de su vida adulta había considerado buscar, pero que finalmente había decidido no hacerlo. Le pregunté por qué no me dijo que había construido su vida, que tenía una familia, un trabajo, una identidad que no
dependía de esa búsqueda, que no quería arriesgarse a abrir una puerta que llevara a personas que no quisieran ser encontradas o que peor lo recibieran con culpa en lugar de con honestidad. Asentí. Le dije que lo entendía y le dije que iba a contarle algo que necesitaba que escuchara antes de decidir si quería saber más o prefería que me quedara callado para siempre. Le dije que había algo en su cara que yo reconocía desde el primer momento en que lo vi y que ese reconocimiento no era una confusión de anciano, sino la cosa más concreta y menos ambigua que yo había sentido en mucho tiempo.
Andrés se quedó muy quieto. No le dije todo esa tarde. Le dije suficiente para que él tuviera algo con que trabajar, con que decidir si quería continuar. Le dije el año y la ciudad donde nació. Le dije el nombre de su madre biológica. Le dije que la adopción había sido cerrada y que eso no había sido una elección nuestra, sino una condición del sistema de aquella época. y le dije que yo llevaba 45 años cargando con una decisión que había tomado a los 23 años y que con el tiempo se había convertido en un peso que yo seguía sin saber muy bien dónde poner.
Andrés Villanueva no dijo nada durante un tiempo largo. El jardín tenía ese silencio específico de los lugares donde ocurren cosas importantes sin que nadie los haya elegido para eso. Luego me miró y me dijo, “¿Necesita usted que le traiga algo para verificar lo que me está diciendo? Le dije que tenía documentos, que los había traído en la maleta sin saber exactamente por qué, solo porque desde la muerte de Mirta los llevaba conmigo a todas partes, porque eran de las pocas cosas que me parecía importante no perder.
Me dijo que habláramos mañana. Los días que siguieron fueron los más extraños que he vivido. Andrés y yo nos reunimos tres veces en su despacho con la puerta cerrada y el centro funcionando con su rutina alrededor de nosotros. Revisamos los documentos que yo tenía. Él verificó con un registro que había consultado antes en ese único intento de búsqueda que había iniciado y abandonado años atrás y que ahora retomó con una determinación diferente. La coincidencia de fechas, de ciudad, de nombres, era perfecta y completa.
No había margen para la duda. Y durante esos días yo fui entendiéndolo mejor. Entendí que era un hombre que había procesado su historia de adopción con una madurez que no había venido sola, sino trabajada, que había construido su vida sobre sus propios cimientos sin esperar que nadie llegara a rellenar los huecos. Entendí que mi llegada a su centro no lo desestabilizaba, sino que lo confrontaba con una pregunta que él había cerrado, pero no resuelto del todo. La pregunta de quiénes eran las personas que lo habían traído al mundo y habían elegido no criarlo.
Le dije la verdad sobre esa elección. Le dije que el miedo había pesado más que el amor en ese momento y que yo no tenía manera de justificarlo porque no era justificable, solo era lo que había ocurrido. Le dije que habría otras maneras de haber manejado aquella situación y que nosotros no las habíamos encontrado o no habíamos tenido el valor de encontrarlas. Le dije que cargué con eso durante 45 años, no como un martirio, sino como un hecho que vivía en algún lugar de mí sin que yo supiera qué hacer con él.
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