Se llevaron documentos, computadoras y sellaron oficinas. El imperio que don Rodrigo construyó durante décadas se desmoronaba en cuestión de horas. Diego estaba desesperado. Se había pasado la noche pegado al teléfono esperando mi llamada y por la mañana se enfrentó al colapso total de su mundo. “Fue él”, exclamó de pronto doña Leticia. El hombre de la mesa lejana, lo recuerdo, fue el único que no apartó la vista cuando cuando pasó todo. Luego salió casi inmediatamente después de ella.
¿Quién es don Rodrigo? Hizo memoria. Y sí, había alguien ahí, alguien que no era de nuestro círculo. Me pregunté quién lo habría invitado. Creo que se llama Mateo, no recuerdo el apellido. Apareció hace poco en la ciudad. Dicen que es un inversionista internacional muy importante. Diego se aferró a esa información. Buscó en su computadora todo lo que pudo encontrar sobre ese tal Mateo. Había poca información, pero era impactante. Un inversionista de reputación impecable y con conexiones de muy alto nivel.
¿Pero qué tenía que ver conmigo? Diego repasó todo lo que yo le había contado sobre mi familia. Huérfana, madre muerta. Nunca mencioné a mi padre y entonces recordó un detalle. Cuando se casaron y revisaron sus documentos. En mi acta de nacimiento el espacio del padre estaba vacío, pero el apellido de mi madre era compuesto. Yo le había dicho que mi madre quería conservar el apellido del hombre que amó, aunque no estuviera presente. Corrió al despacho de su padre, buscó las copias de nuestros documentos y sacó mi acta.
El apellido de mi madre figuraba como Vázquez Mateo. A Diego le recorrió un sudor frío. Volvió a la computadora y buscó el nombre completo del inversionista que acababa de descubrir, Mateo Vázquez. Todo encajaba. “Papá, mamá, ya sé quién es.” Y gritó entrando a la sala donde sus padres discutían con los oficiales. Ese hombre es el padre de Elena, su verdadero padre. Don Rodrigo y doña Leticia se miraron. Primero hubo incredulidad, luego comprensión y finalmente un terror absoluto.
No habían humillado a una pobre huérfana. Se habían metido con la hija de un hombre que con un chasquido de dedos podía borrarlos del mapa y ya lo estaba haciendo. Ese descubrimiento fue más aterrador que cualquier pérdida financiera. En ese momento, Diego sintió algo más que miedo. Recordó mi rostro cuando me golpeó, la expresión de dolor, sorpresa y una decepción profunda. Comprendió que no había perdido solo a una esposa que podía reemplazar. Había perdido a la única persona que lo amaba por quien era, no por el dinero o el estatus de su familia.
Y él mismo, con sus propias manos lo había destruido todo. Por primera vez en su vida, sintió un arrepentimiento real y amargo. Mientras los trabajadores contratados por Mateo subían con cuidado las cajas con mis cosas al departamento, yo estaba de pie frente al ventanal mirando la ciudad. Ya no me parecía ajena. Me sentía como si hubiera vivido 20 años en medio de la niebla y por fin esta se hubiera disipado. Cada caja era una parte de mi vida pasada de la que ahora me separaba.
Entre mis pertenencias estaba mi bolso. Saqué el teléfono. Tenía decenas de llamadas perdidas y mensajes de Diego. Elena, ¿dónde estás? Por favor, responde. Tenemos que hablar. Te explicaré todo. Los borré sin interés y apagué el teléfono. No había nada que explicar. Mateo se acercó y puso una mano en mi hombro. ¿Todo bien?, preguntó suavemente. Me giré y por primera vez en mucho tiempo sonreí con sinceridad. Sí, ahora todo estará bien. A mediodía, el intercomunicador sonó con insistencia.
Mateo miró la pantalla. Su rostro no mostró ninguna emoción. Es él, Diego. Tú decides, Elena. ¿Quieres hablar con él o no? Respetaré cualquier decisión que tomes. Mi corazón se apretó por un segundo. Una parte de mí quería esconderse, pero otra parte, una nueva y más fuerte, sabía que debía cerrar esta historia yo misma. Hablaré con él”, dije con firmeza, “pero solo aquí, en su presencia.” Mateo asintió y abrió la puerta. Un par de minutos después, Diego apareció en la entrada.
No se parecía en nada al hombre arrogante y seguro de sí mismo con el que me casé. Su traje estaba arrugado, tenía ojeras profundas y el cabello revuelto. Se veía perdido. Su mirada saltó de mí a Mateo y de regreso. Y Elena comenzó y su voz se quebró. Intentó dar un paso hacia mí, pero Mateo le bloqueó el paso. Hable desde ahí, dijo mi padre con frialdad. Diego tragó saliva. Elena, perdóname. Yo no sé qué me pasó.
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