La promotora continuó sacando fotografías de su carpeta. Tenemos evidencia fotográfica del momento exacto en que el menor sale del establecimiento con mercancía que no había pagado. Además, contamos con el testimonio de dos testigos que corroboran la versión del comerciante. Las fotografías fueron pasadas al juez, quien las examinó con detenimiento. En ellas se podía ver claramente a un niño saliendo de la tienda, pero la imagen era borrosa y tomada desde una distancia considerable. El menor fue interceptado por el propietario tres cuadras después del establecimiento, momento en el cual se encontraba en posesión de productos robados valorados en 50 pesos”, añadió Carmen con tono firme.
Desde su asiento, Clara Morales no pudo contener más sus emociones. Una lágrima silenciosa rodó por su mejilla mientras observaba a su nieto, recordando al niño que cada mañana se levantaba temprano para ayudarla con las tareas del hogar antes de ir a la escuela. El juez Herrera dirigió su mirada hacia Matías. “Joven guerrero, ¿comprende los cargos que se le imputan?” Matías asintió lentamente. Su voz apenas un susurro. “Sí, señor. ¿Tiene algo que decir en su defensa?” Por un momento que pareció eterno, el niño permaneció en silencio.
Sus pequeñas manos temblaron ligeramente mientras procesaba la gravedad de la situación. La sala completa esperaba su respuesta, algunos con curiosidad, otros con una mezcla de lástima y resignación. Finalmente, Matías levantó la cabeza con una determinación que sorprendió a todos los presentes. Su voz, aunque joven, llevaba un peso que no correspondía a sus 12 años. Yo no robé nada de esa tienda, señor juez. Un murmullo se extendió por la galería. La promotora Valdés intercambió una mirada de escepticismo con su asistente.
Yo trabajo en la tienda San Rafael todos los días después de la escuela. Don Ricardo me conoce desde hace meses. Él sabe que yo jamás le robaría. El juez se inclinó hacia adelante, su interés genuinamente despertado por primera vez en la audiencia. ¿Trabajas en la tienda del señor Vázquez? Sí, señor. Ayudo a acomodar productos, barrer el piso y cargar cajas. Don Ricardo me paga 25 pesos por semana para ayudar a mi abuela con los gastos de la casa.
Esta revelación causó un revuelo inmediato en la sala. La promotora Valdés frunció el seño, revisando rápidamente sus documentos. Su señoría, esta información no consta en ninguno de nuestros reportes. El señor Vázquez nunca mencionó emplear al menor. Matías continuó. su voz ganando fuerza con cada palabra. El día que dicen que robé, yo estaba trabajando en la tienda. Estaba ayudando a don Ricardo a recibir una entrega cuando vi realmente pasó. El silencio en la sala era ahora absoluto. Incluso los sonidos externos parecían haberse desvanecido, como si el mundo entero esperara las siguientes palabras del niño.
Yo vi quién realmente se llevó esos productos. Vi todo desde la bodega trasera, pero cuando traté de decírselo a don Ricardo, él no quiso escucharme. Después, cuando la policía llegó, alguien me señaló a mí y todos decidieron que yo era el culpable. El juez Herrera se quitó los anteojos y los limpió lentamente, procesando esta nueva información. La promotora Valdés lucía visiblemente incómoda, ojeando sus papeles con creciente nerviosismo. “Joven guerrero,” dijo el juez con voz más suave, “si usted vio al verdadero responsable, ¿por qué no lo denunció en ese momento?” Matías bajó la mirada por un instante, como si estuviera reuniendo el valor para continuar.
Cuando volvió a hablar, su voz temblaba ligeramente, pero su determinación permanecía intacta. Lo intenté, señor juez. Le dije a don Ricardo lo que había visto, pero él estaba muy nervioso y confundido. Cuando la gente empezó a señalarme como el ladrón, don Ricardo también comenzó a dudar. Creo que tenía miedo de admitir que se había equivocado. La abuela Clara se llevó una mano al corazón, reconociendo en las palabras de su nieto la honestidad que había conocido durante toda su vida.
“Yo sé quién realmente se llevó esos productos”, continuó Matías. Su voz ahora firme y clara. Sé exactamente cómo lo hizo y por qué nadie más se dio cuenta, pero hizo una pausa que hizo que todos en la sala contuvieran la respiración. Ustedes no me van a creer. El juez Herrera se inclinó hacia adelante, completamente cautivado por el testimonio del niño. La promotora Valdés permanecía inmóvil como si hubiera sido petrificada por la inesperada revelación. ¿Por qué dice que no le vamos a creer, joven guerrero?
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