Continuó don Filiberto. Rodrigo le había dicho que tú mismo habías pedido no recibir visitas, que estabas avergonzado y querías estar solo, que así lo habías firmado. Mateo levantó la vista. Yo nunca firmé nada de eso. Lo sé. El viejo se levantó despacio, fue hasta el cajón junto al fregadero y sacó un sobre doblado. Por eso guardé esto. Lo puso sobre la mesa. Mateo lo abrió. Era una fotocopia borrosa en los bordes, pero legible en el centro. un documento oficial del penal con membrete institucional, fecha de hacía 6 años y una línea al calce que decía, “El interno declara no desear recibir visitas familiares de ningún tipo.
Abajo una firma, su nombre, su apellido, su rúbrica o algo que se le parecía bastante. ” Mateo estudió la firma durante varios segundos sin hablar. ¿La conocía bien esa firma? La había estampado en permisos escolares, en contratos de trabajo, en el acta de su primer coche. Y esta no era ella. Era una imitación cuidadosa, suficientemente buena para engañar a quien no supiera mirar, insuficiente para engañar al propio dueño. ¿De dónde sacaste esto?, preguntó con voz quieta. Un conocido que trabajaba en el penal me lo pasó hace años.
Le pareció raro que un interno joven firmara eso tan pronto después de entrar. me lo dio por si algún día servía de algo. Don Filiberto volvió a sentarse. Supongo que ese día es hoy. Mateo dobló la fotocopia y la guardó en el bolsillo de su camisa lentamente con el cuidado de quien acaba de encontrar la primera piedra de algo que todavía no sabe cómo va a construir. “Necesito ir al rancho”, dijo. Don Filiberto asintió como si eso ya lo supiera también.
Puedo llevarte hoy mismo, pero prepárate, muchacho. Se levantó y fue por las llaves que colgaban junto a la puerta. Lo que vas a ver no es fácil. La camioneta de don Filiberto era vieja, pero confiable, como él mismo. Salieron de Guadalajara pasado el mediodía, cuando el tráfico de la ciudad empezaba a ceder. Durante los primeros 40 minutos todavía había casas, semáforos, tiendas con letreros de colores. Luego la ciudad fue adelgazando despacio, como una conversación que se va quedando sin palabras, hasta que solo quedó el campo abierto y el cielo encima.
Mateo miraba por la ventana sin hablar. Don Filiberto tampoco forzó nada. Era de esos hombres que saben que el silencio a veces es más útil que cualquier cosa que se pueda decir. Fue Mateo quien habló primero cuando ya llevaban una hora de carretera. ¿Cuánto tiempo llevas sabiendo todo esto? El viejo pensó antes de responder. Saber saber. No sabía nada concreto, solo veía cosas que no cuadraban y las fui guardando. Porque uno aprende que a veces las cosas que no cuadran son las más importantes.
¿Y nunca dijiste nada? ¿A quién? Don Filiberto encogió un hombro. Rodrigo tiene buena imagen en el barrio. Tiene dinero, tiene palabras para todo. Si yo llego a decir algo sin pruebas, soy el viejo chismoso que no tiene nada mejor que hacer. hizo una pausa. Además, tus papás nunca dijeron nada en contra de él, ni cuando los fui a ver al rancho tenían miedo, creo, o vergüenza, o las dos cosas. El pavimento terminó sin aviso y la camioneta empezó a traquetear sobre Tierra Roja.
A los lados del camino, los árboles se fueron espaciando hasta desaparecer. El paisaje se volvió plano, seco, con arbustos bajos y cercas de alambre que no parecían proteger nada en particular. “Tu hermano siempre tuvo celos de ti”, dijo don Filiberto con la vista en el camino. “Desde chamaco. Tú eras más tranquilo, más de quedarte hasta ayudar a tu mamá, más de escuchar a tu papá cuando hablaba. Rodrigo quería ser el importante, el que mandaba, pero en la casa era tu mamá la que siempre preguntaba primero cómo estabas tú.
Mateo no respondió, no porque no creyera lo que escuchaba, sino porque lo creía demasiado y eso dolía de una manera particular. El día que te detuvieron, continuó el viejo bajando un poco la voz. Yo estaba podando la barda de enfrente. Vi el coche de Rodrigo parado dos cuadras abajo antes de que llegara la policía. Lo vi ahí parado esperando. Negó con la cabeza. No lo puedo probar, Mateo. Nunca lo pude probar, pero lo vi. La camioneta pasó sobre un bache y ambos se sacudieron.
Don Filiberto frenó despacio cuando el camino de tierra se fue angostando hasta volverse apenas una brecha entre matorrales. Apagó el motor. Ya no entra el coche, dijo. De aquí es a pie. Bajaron. El viento olía a tierra seca y a estiércol de ganado. No había ningún otro sonido además del viento y lejos el mujido ocasional de alguna vaca. Mateo siguió a don Filiberto por una vereda angosta. rodearon un cerco de madera con tablas mal clavadas y entonces al otro lado de un llano pelón apareció una casa pequeña, techo de lámina, paredes sin pintar, una chimenea
delgada con un hilo de humo blanco y en el corral de junto una figura encorbada que movía un cubo de un lado a otro entre las vacas. Mateo se detuvo. Conocía esa manera de caminar. La conocía desde niño. Era la misma que había visto cada mañana durante 20 años cruzando el patio de la casa en Guadalajara para revisar la llave del agua o cargar las bolsas del mandado. Era su padre, don Aurelio Reyes, a sus 72 años alimentando vacas en un rancho que se llamaba El olvido.
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