7 años cargando esa foto, 7 años preguntándose por qué nunca fueron a verlo. Tomó el primer camión que pasó hacia el centro, se sentó junto a la ventana y dejó que Guadalajara entrara por sus ojos despacio. La ciudad había cambiado nuevos edificios. nuevas tiendas, caras que no reconocía, pero las calles eran las mismas. El olor a elote asado en las esquinas era el mismo. Eso lo tranquilizó de una manera que no supo explicar. Se imaginó la escena del reencuentro mientras el camión avanzaba.
Su madre abriría la puerta y lo miraría un segundo antes de abrazarlo ese segundo donde el corazón decide antes que los brazos. Su padre no diría mucho, solo le pondría una mano en el hombro de esa manera suya que valía más que cualquier discurso. Bajó dos cuadras antes para caminar. Necesitaba llegar a pie, como siempre lo había hecho. La colonia Oblatos olía igual que siempre, a jacarandas y a tierra mojada de la noche anterior. Mateo reconoció su calle antes de verle el nombre.
reconoció la barda de la esquina, el árbol que seguía torcido hacia la derecha, la tiendita del señor Ramos, que ahora tenía letrero nuevo, y entonces vio la casa. La habían pintado. Ya no era el amarillo que recordaba. Ahora era un blanco moderno, casi frío. Frente al zaguán había un coche último modelo que no pertenecía a ningún recuerdo suyo. Mateo se detuvo en la banqueta de enfrente y miró la fachada con la misma atención con que se mira algo familiar que de repente no reconoces del todo.
Cruzó la calle, puso la mano en el erraje del cancel. Antes de que pudiera abrirlo, la puerta principal se abrió desde adentro. Rodrigo apareció en el marco. Camisa planchada, cabello peinado, como si hubiera estado esperando o como si simplemente nunca se viera de otra manera. Su cara tardó exactamente un segundo en reaccionar, un segundo donde Mateo vio algo que no supo nombrar. Luego llegó la sonrisa. Mateo, hermano. Rodrigo abrió los brazos y se acercó. El abrazo fue fuerte, ruidoso de los que se ven bien.
Pero Mateo, que había aprendido en 7 años a leer los silencios del cuerpo, sintió la rigidez debajo. ¿Dónde están mamá y papá?, preguntó sin más preámbulo. Rodrigo se separó y lo miró con expresión tranquila, demasiado tranquila. Se fueron al rancho. Ya sabes cómo les gusta el campo a ellos. Les hace bien a su edad, más tranquilidad, más aire. Ándale, entra, te preparo algo. Lo dijo sin dudar, sin un parpadeo de más, como quien ha repetido una respuesta suficientes veces hasta que ya no siente el peso de las palabras.
Mateo entró y en la pared del fondo de la sala, donde durante 40 años había colgado la foto de los cuatro juntos, la de la boda de sus padres, la de él y Rodrigo de niños, solo había cuadros nuevos. Rodrigo, Fernanda, un niño pequeño. La familia Reyes había sido borrada de su propia sala. Mateo seguía mirando la pared cuando escuchó los pasos, pasos pequeños, rápidos, de alguien que todavía no había aprendido a caminar despacio. Un niño apareció desde el pasillo.
Tendría unos 8 años. Cabello rizado, rodilla raspada, una mancha de chocolate en la orilla de la camiseta. se detuvo al ver al extraño en su sala y lo estudió con esa seriedad particular que tienen los niños cuando evalúan a un adulto nuevo. Luego preguntó directo, “¿Cómo solo los niños pueden serlo, ¿eres tú el tío Mateo?” “Sí”, respondió Mateo y sintió algo aflojarse en el pecho. El niño no esperó más. Cruzó la sala corriendo y se le echó encima con los brazos abiertos como si se conocieran de toda la vida.
Mateo lo sostuvo sorprendido y el niño le dijo contra el hombro con voz de quien comparte un tesoro. Abuela dice que tienes los ojos más honestos de la familia. Mateo cerró los ojos un momento. Su madre había dicho eso de él. Lo había dicho frente a este niño en algún momento, con suficiente convicción como para que él lo recordara y lo repitiera, lo que significaba que ella hablaba de él, que no lo había olvidado. ¿Y tú cómo te llamas?, preguntó Mateo cuando el niño se separó.
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