PARTE 1 — EL LIENZO EN BLANCO Tenía 14 años cuando descubrí que algunas personas pueden irse de nuestra vida sin desaparecer completamente de nuestro corazón. Mi madre había fallecido unos meses antes. Desde entonces, nuestra casa se sentía diferente. Su taza seguía en la cocina. Su bufanda permanecía colgada detrás de la puerta. Y en mi habitación todavía guardaba una pequeña fotografía donde aparecíamos los dos sonriendo. Mi padre intentaba mantenerse fuerte, pero yo sabía que también estaba sufriendo. Por eso casi nunca hablábamos de ella. Cada uno guardaba su tristeza en silencio. Yo tampoco sabía cómo explicar lo que sentía. A veces quería llorar. Otras veces quería hablar con ella. Y algunas noches simplemente miraba el techo preguntándome: —¿Dónde estarás ahora, mamá? Un día, en la escuela, la profesora de arte nos pidió que pintáramos algo importante para nosotros. Mis compañeros comenzaron a dibujar paisajes, animales y lugares que soñaban visitar. Yo me quedé frente a una hoja completamente blanca. No sabía qué hacer. Entonces pensé en ella. En mi madre. Recordé la manera en que me miraba cuando yo dudaba de mí mismo. —Puedes hacerlo —me decía. Cuando cometía un error: —No pasa nada. Aprende y vuelve a intentarlo. Cuando regresaba triste de la escuela: —Ven, siéntate conmigo. Y cuando tenía miedo de no ser suficiente, siempre repetía: —Nunca tienes que ser perfecto para que yo esté orgullosa de ti. Tomé el lápiz. Y comencé a dibujar. Primero hice sus ojos. Después su cabello. Luego intenté dibujar aquella sonrisa que tantas veces había visto. Borré algunas líneas. Volví a empezar. Durante horas permanecí frente al papel. Cada trazo me hacía recordar algo. Una tarde cocinando juntos. Una caminata bajo la lluvia. Una conversación antes de dormir. Una vez que me ayudó con un trabajo de la escuela. Pequeños momentos que en aquel entonces parecían normales. Ahora eran tesoros. Cuando terminé, miré el dibujo durante varios minutos. No era perfecto. Pero era ella. O al menos era la forma en que yo la recordaba. Tomé un pequeño lápiz y escribí debajo: “Mamá, no sé si puedes verme desde allá arriba… pero hice esto por ti.” Guardé el dibujo cuidadosamente. Al día siguiente lo llevé a la escuela. Sin embargo, cuando algunos compañeros lo vieron, comenzaron a hacer comentarios. —¿Todavía estás triste por eso? —Ya deberías olvidarlo. Yo no respondí. Porque ellos no entendían.

PARTE 1 — EL LIENZO EN BLANCO Tenía 14 años cuando descubrí que algunas personas pueden irse de nuestra vida sin desaparecer completamente de nuestro corazón. Mi madre había fallecido unos meses antes. Desde entonces, nuestra casa se sentía diferente. Su taza seguía en la cocina. Su bufanda permanecía colgada detrás de la puerta. Y en mi habitación todavía guardaba una pequeña fotografía donde aparecíamos los dos sonriendo. Mi padre intentaba mantenerse fuerte, pero yo sabía que también estaba sufriendo. Por eso casi nunca hablábamos de ella. Cada uno guardaba su tristeza en silencio. Yo tampoco sabía cómo explicar lo que sentía. A veces quería llorar. Otras veces quería hablar con ella. Y algunas noches simplemente miraba el techo preguntándome: —¿Dónde estarás ahora, mamá? Un día, en la escuela, la profesora de arte nos pidió que pintáramos algo importante para nosotros. Mis compañeros comenzaron a dibujar paisajes, animales y lugares que soñaban visitar. Yo me quedé frente a una hoja completamente blanca. No sabía qué hacer. Entonces pensé en ella. En mi madre. Recordé la manera en que me miraba cuando yo dudaba de mí mismo. —Puedes hacerlo —me decía. Cuando cometía un error: —No pasa nada. Aprende y vuelve a intentarlo. Cuando regresaba triste de la escuela: —Ven, siéntate conmigo. Y cuando tenía miedo de no ser suficiente, siempre repetía: —Nunca tienes que ser perfecto para que yo esté orgullosa de ti. Tomé el lápiz. Y comencé a dibujar. Primero hice sus ojos. Después su cabello. Luego intenté dibujar aquella sonrisa que tantas veces había visto. Borré algunas líneas. Volví a empezar. Durante horas permanecí frente al papel. Cada trazo me hacía recordar algo. Una tarde cocinando juntos. Una caminata bajo la lluvia. Una conversación antes de dormir. Una vez que me ayudó con un trabajo de la escuela. Pequeños momentos que en aquel entonces parecían normales. Ahora eran tesoros. Cuando terminé, miré el dibujo durante varios minutos. No era perfecto. Pero era ella. O al menos era la forma en que yo la recordaba. Tomé un pequeño lápiz y escribí debajo: “Mamá, no sé si puedes verme desde allá arriba… pero hice esto por ti.” Guardé el dibujo cuidadosamente. Al día siguiente lo llevé a la escuela. Sin embargo, cuando algunos compañeros lo vieron, comenzaron a hacer comentarios. —¿Todavía estás triste por eso? —Ya deberías olvidarlo. Yo no respondí. Porque ellos no entendían.

Yo no había dibujado a mi madre para quedarme atrapado en el pasado.

La había dibujado porque todavía formaba parte de mi historia.

PARTE 2 — “YA DEBERÍAS SUPERARLO”

Cuando llegó el momento de presentar nuestros trabajos, caminé hasta el frente del salón con mi dibujo entre las manos.

Estaba nervioso.

La profesora me miró.

—¿Quieres contarnos qué representa?

Respiré profundamente.

—Es mi mamá.

El salón quedó en silencio.

—Ella falleció hace algunos meses.

Bajé la mirada.

—La extraño mucho.

Algunos compañeros permanecieron callados.

Yo continué:

—Pero no hice este dibujo para que todos estén tristes. Lo hice porque quería recordar algo bonito de ella.

Señalé el retrato.

—Mi mamá siempre decía que debía seguir intentando, incluso cuando algo no me saliera bien.

La profesora observó el dibujo con atención.

—¿Y por qué decidiste dibujarla?

Pensé unos segundos.

—Porque tenía miedo de olvidar su voz.

Aquella frase salió de mi boca antes de que pudiera pensarla.

Y entonces sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—A veces recuerdo su cara… pero me preocupa que algún día deje de recordar cómo se sentía cuando me abrazaba.

La profesora se acercó y colocó una mano sobre mi hombro.

—No tienes que olvidar para seguir adelante.

Aquellas palabras se quedaron conmigo.

Después de la clase, uno de mis compañeros se acercó.

Era un chico con quien casi nunca hablaba.

Miró el dibujo.

—Mi abuelo murió el año pasado.

Lo miré sorprendido.

—No sabía.

Él negó con la cabeza.

—Nunca se lo conté a nadie.

Se quedó observando el retrato.

—Creo que entiendo por qué lo hiciste.

Aquella conversación fue corta.

Pero cambió mi día.

Porque comprendí que muchas personas llevan historias que no conocemos.

Personas que parecen estar bien pueden estar atravesando momentos difíciles.

Y a veces una palabra amable puede significar mucho más de lo que imaginamos.

Cuando llegué a casa, mi padre estaba en la cocina.

Miró el dibujo que llevaba conmigo.

—¿Es ella?

Asentí.

Mi padre se quedó en silencio.

Después se sentó.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Finalmente me preguntó:

—¿Puedo verlo?

Le entregué el dibujo.

Lo observó durante mucho tiempo.

Y entonces ocurrió algo que nunca había visto.

Mi padre lloró.

parte3

No intentó esconderlo.

Simplemente dejó que las lágrimas cayeran.

—Se parece mucho a ella —dijo.

Me senté a su lado.

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PARTE 1 — EL LIENZO EN BLANCO Tenía 14 años cuando descubrí que algunas personas pueden irse de nuestra vida sin desaparecer completamente de nuestro corazón. Mi madre había fallecido unos meses antes. Desde entonces, nuestra casa se sentía diferente. Su taza seguía en la cocina. Su bufanda permanecía colgada detrás de la puerta. Y en mi habitación todavía guardaba una pequeña fotografía donde aparecíamos los dos sonriendo. Mi padre intentaba mantenerse fuerte, pero yo sabía que también estaba sufriendo. Por eso casi nunca hablábamos de ella. Cada uno guardaba su tristeza en silencio. Yo tampoco sabía cómo explicar lo que sentía. A veces quería llorar. Otras veces quería hablar con ella. Y algunas noches simplemente miraba el techo preguntándome: —¿Dónde estarás ahora, mamá? Un día, en la escuela, la profesora de arte nos pidió que pintáramos algo importante para nosotros. Mis compañeros comenzaron a dibujar paisajes, animales y lugares que soñaban visitar. Yo me quedé frente a una hoja completamente blanca. No sabía qué hacer. Entonces pensé en ella. En mi madre. Recordé la manera en que me miraba cuando yo dudaba de mí mismo. —Puedes hacerlo —me decía. Cuando cometía un error: —No pasa nada. Aprende y vuelve a intentarlo. Cuando regresaba triste de la escuela: —Ven, siéntate conmigo. Y cuando tenía miedo de no ser suficiente, siempre repetía: —Nunca tienes que ser perfecto para que yo esté orgullosa de ti. Tomé el lápiz. Y comencé a dibujar. Primero hice sus ojos. Después su cabello. Luego intenté dibujar aquella sonrisa que tantas veces había visto. Borré algunas líneas. Volví a empezar. Durante horas permanecí frente al papel. Cada trazo me hacía recordar algo. Una tarde cocinando juntos. Una caminata bajo la lluvia. Una conversación antes de dormir. Una vez que me ayudó con un trabajo de la escuela. Pequeños momentos que en aquel entonces parecían normales. Ahora eran tesoros. Cuando terminé, miré el dibujo durante varios minutos. No era perfecto. Pero era ella. O al menos era la forma en que yo la recordaba. Tomé un pequeño lápiz y escribí debajo: “Mamá, no sé si puedes verme desde allá arriba… pero hice esto por ti.” Guardé el dibujo cuidadosamente. Al día siguiente lo llevé a la escuela. Sin embargo, cuando algunos compañeros lo vieron, comenzaron a hacer comentarios. —¿Todavía estás triste por eso? —Ya deberías olvidarlo. Yo no respondí. Porque ellos no entendían.

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