LA OFICINA QUE DIEGO NUNCA DEBIÓ IGNORAR

LA OFICINA QUE DIEGO NUNCA DEBIÓ IGNORAR

Muy pocas personas en México la llamaban así.
“Arturo, ¿todo está listo para esta noche?”
“Sí, señora. El consejo ya llegó. Los auditores están preparados. La presentación final fue revisada por el área legal.”
Mariana miró la pequeña cortada en su dedo.
“Muevan la mesa de Diego Alvarado al frente del escenario.”
Hubo una pausa.
“Él pensará que van a anunciar la ampliación de inversión.”
“Eso quiero que piense.”
“¿También liberamos el expediente?”
Mariana cerró los ojos.
Durante los últimos 9 meses, los auditores del Consejo Castañeda habían encontrado transferencias no autorizadas, facturas alteradas y pagos de Grupo Alvarado a una consultora fantasma registrada a nombre de Valeria Ríos.

Arturo Mendoza, director jurídico del consejo, le había recomendado actuar desde el primer hallazgo.
Mariana no quiso hacerlo.
Todavía esperaba una explicación.
Todavía recordaba al Diego que la llevaba por café en Coyoacán, el que decía que le gustaba porque no presumía nada, porque no parecía interesada en apellidos ni dinero.
Lo que Diego nunca supo era que Mariana no vivía arriba de una papelería por necesidad, sino porque ese edificio había sido el primer inmueble comprado por su abuela, Elena Castañeda, una mujer que empezó vendiendo telas en La Merced y terminó construyendo uno de los grupos de inversión privados más fuertes del país.
Mariana heredó el control del consejo a los 29 años.
Ocultó su apellido completo porque quería que alguien la quisiera sin mirar sus cuentas, sus propiedades o sus acciones.
Diego confundió su discreción con pobreza.

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