Estaba mirando a Nora.
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Seguía aferrada a mi manga en el asiento trasero del taxi, encorvada para no estirar demasiado el abdomen, y cada bache de la calle le arrancaba una respiración corta que intentaba disimular.
Liam iba contra mi pecho, envuelto dentro de mi abrigo, y su llanto se había convertido en pequeños quejidos intermitentes.
—Ya casi llegamos —le dije.
Nora cerró los ojos.
—No quiero que tu mamá diga que hice un escándalo.
Esa frase me dolió más de lo que esperaba porque no estaba hablando como una mujer enojada con su suegra, sino como alguien que llevaba días aprendiendo a pedir permiso incluso para sentirse mal.
—No tienes que explicarle nada a nadie ahorita.
—Spencer…
—Primero tú y Liam.
Nada más.
Cuando entramos al hospital, pedí una silla para Nora porque apenas podía mantenerse de pie y expliqué que tenía once días de haber dado a luz por cesárea, que estaba sangrando, que había empezado a temblar y que yo la había encontrado sola en un departamento casi sin comida.
No adorné nada.
No hacía falta.
Mientras la revisaban, una enfermera me pidió algunos datos y después me preguntó cuándo había comido Nora por última vez.
Volteé hacia ella.
Nora tardó en contestar.
—Comí unos fideos.
—¿Hoy?
—Sí.
—¿Algo más?
Nora negó con la cabeza.
Yo recordé el vaso de plástico sobre la mesa, los fideos fríos hinchados en agua, el refrigerador vacío y aquella nota pegada en la puerta como si abandonar a una mujer recién operada fuera una instrucción doméstica cualquiera.
Sentí el teléfono en el bolsillo.
Ahí estaban las fotos.
Ahí estaban también las cuentas.
Pero no las abrí otra vez.
Todavía no.
Un médico terminó revisando a Nora y decidió que necesitaba atención y vigilancia mientras evaluaban la herida y la fiebre, así que nos quedamos allí mientras Liam permanecía conmigo y el personal nos ayudaba con lo indispensable para mantenerlo abrigado y alimentado.
Nora seguía preguntando qué hora era.
No porque quisiera celebrar Año Nuevo.
Porque temía que Martha llamara.
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