Oksana temblaba con tal intensidad que apenas lograba mantenerse en pie. El frío del bosque se había filtrado hasta sus huesos durante la huida, y ahora, dentro de aquella cabaña iluminada solo por lámparas de gas, sentía que el cuerpo por fin le pasaba factura. Un hombre mayor, de mirada serena pero firme, le extendió una manta gruesa y un par de botas de lana.
—Vístete rápido —le dijo con voz baja.
Un refugio sin electricidad y un anfitrión enigmático
Recién entonces Oksana notó que en la cabaña no había corriente eléctrica. Solo una estufa de hierro fundido crepitando en un rincón y unas cuantas lámparas de gas repartidas por la habitación. Todo parecía detenido en el tiempo, como si aquel lugar hubiera sido diseñado para pasar inadvertido.
—¿Quién es usted? —preguntó ella con voz apagada.
—Un hombre al que el mundo cree muerto —respondió él, sin dar más explicaciones.
Antes de que Oksana pudiera insistir, se escucharon pasos afuera. Los tres perseguidores habían llegado hasta el portón.
—¡Abre! ¡Sabemos que entró aquí! —gritaron desde el otro lado.
La caja metálica y un mensaje en clave
El hombre no se inmutó. Con calma, se acercó a una caja metálica que descansaba en un estante. Dentro había mapas antiguos, unos binoculares, un aparato de radio y una pistola. La pistola, sin embargo, la dejó adentro. Tomó únicamente la estación de radio.
—Todavía funciona… —murmuró, casi para sí mismo.
Transmitió un mensaje breve y preciso:
—Código Roble. Situación de emergencia. Cabaña Norte.
Pocos segundos después, una voz respondió del otro lado:
—Recibido.
Oksana lo miraba desconcertada, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo.
La verdad de un hombre «oficialmente muerto»
—¿Quién es usted realmente? —volvió a preguntar.
El hombre suspiró antes de responder.
—Hace veinte años fui oficial en una unidad especial que investigaba una red de tráfico de dinero y armas. Durante una operación fui declarado muerto para poder trabajar bajo una identidad protegida. Oficialmente, ya no existo.
Los golpes en el portón se volvían cada vez más violentos.
—¡Sal de ahí! ¡Si no, entramos por la fuerza!
Por primera vez, el hombre sonrió levemente.
—Justamente eso es lo que estoy esperando.
Ver más
Ciencia
historia
Carne
Leave a Comment