PARTE 1
Adriana Belmonte entró al Juzgado Familiar de Guadalajara con una mano sobre su vientre de 6 meses y la otra sujetando una carpeta gastada.
Caminaba despacio, no por miedo, sino porque llevaba varias noches durmiendo apenas 2 horas.
Al otro lado de la sala estaba su esposo, Sebastián Luján, heredero de una poderosa exportadora de tequila de Jalisco.
Vestía un traje azul oscuro, un reloj que costaba más que una casa y la expresión fría de quien ya había decidido declararse víctima.
A su lado se encontraba Camila Ferrer, su amante.
Camila llevaba un vestido blanco, zapatos de diseñador y una sonrisa arrogante, como si no estuviera asistiendo al divorcio de un hombre casado, sino a su propia fiesta de compromiso.
—Mírala —susurró sin molestarse en bajar la voz—. Hasta usa al bebé para dar lástima.
Adriana no respondió.
Durante 4 años había soportado que la familia Luján la tratara como una mujer sin educación, sin dinero y sin apellido.
Sebastián golpeó la mesa con los dedos.
—Firma el acuerdo. Renuncia a las acciones, admite que filtraste información de la empresa y te depositaré una pensión razonable.
—¿Razonable? —preguntó Adriana—. ¿También te parece razonable traer a tu amante para humillarme?
Camila soltó una carcajada.
—Ay, por favor. Tú llegaste a esa familia con 2 vestidos y una maleta. Sebastián te dio todo.
El abogado de los Luján presentó correos incompletos, movimientos bancarios y documentos donde Adriana parecía haber intervenido ilegalmente en contratos de exportación.
La acusaban de chantaje, espionaje empresarial y de haber usado el embarazo para exigir una parte de la compañía.
Sebastián la miró con desprecio.
—Siempre supe que escondías algo.
Adriana apretó la carpeta.
Él tenía razón en una sola cosa.
Ella escondía algo.
Durante 3 años, una asesora anónima identificada como A.B. había rescatado a Tequilera Luján de sanciones fiscales, contratos fraudulentos y una pérdida de 180,000,000 de pesos.
Sebastián se adjudicó cada éxito.
Nunca preguntó quién era A.B.
Tampoco sabía que Adriana Belmonte era únicamente el nombre que ella utilizó para escapar de una familia aún más poderosa que la suya.
En el estrado, el juez Octavio Barragán observaba en silencio.
Camila se acercó a Adriana.
—Dinos la verdad. ¿Quién pagó a tus abogados? ¿Tu amante? ¿O tampoco sabes quién es el padre de ese bebé?
Sebastián no la defendió.
Ni siquiera cuando Camila levantó la mano y abofeteó a Adriana frente a todos.
El golpe la hizo tambalearse.
Adriana protegió su vientre y una gota de sangre apareció en su labio.
Entonces el juez se puso de pie.
—Tócala otra vez —dijo con una voz que congeló la sala— y hoy mismo descubrirán por qué ningún Luján debió meterse con mi hija.
PARTE 2
Sebastián se levantó tan rápido que la silla cayó detrás de él.
—¿Su hija?
Camila retrocedió.
El abogado de los Luján abrió la boca, pero el juez Octavio Barragán levantó una mano.
—Nadie hablará hasta que un médico examine a la señora Adriana Barragán Belmonte.
El apellido cayó sobre la sala como un trueno.
En Jalisco, Barragán no era un nombre cualquiera.
La familia poseía empresas agrícolas, centros logísticos, hoteles, tierras en Los Altos y una red financiera con inversiones en México, Estados Unidos y España.
El abuelo de Sebastián solía decir que la familia Luján podía comprar muchas puertas, pero jamás debía intentar derribar la de los Barragán.
Sebastián miró a su esposa con incredulidad.
—Tú dijiste que tu padre había muerto.
—Dije que para mí estaba muerto —respondió Adriana, llevándose una mano al labio—. No es lo mismo.
Camila intentó recuperar la compostura.
—Esto es una trampa. Seguro el juez preparó todo para protegerla.
Octavio la miró con una frialdad absoluta.
—La única persona que convirtió esta audiencia en una trampa fue usted, señorita Ferrer. Y acaba de cometer una agresión contra una mujer embarazada frente a 3 cámaras oficiales.
Ordenó que la policía judicial resguardara las grabaciones y prohibió a Camila abandonar el edificio.
Durante el receso, una médica revisó a Adriana.
El bebé estaba estable, pero ella presentaba presión alta y debía evitar más estrés.
Sebastián esperó en el pasillo.
Cuando Adriana salió, intentó acercarse.
—¿Por qué nunca me dijiste quién eras?
Ella se detuvo.
—Porque quería saber si podías amarme sin calcular cuánto valía mi apellido.
—Soy tu esposo. Tenía derecho a saberlo.
—También tenías la obligación de conocer a la mujer con la que dormías cada noche, pero preferiste escuchar a tu amante.
Sebastián tragó saliva.
—Las pruebas parecían reales.
—Eran correos recortados.
—Yo no lo sabía.
—No quisiste saberlo.
Camila apareció acompañada por su abogado.
Leave a Comment