Desperté dentro de mi ataúd mientras mi marido le ponía mi collar de oro a mi hermana. ‘Ella ya no lo va a necesitar’, dijo. Iba a abrir los ojos cuando los oí hablar de mi seguro de vida… y entonces mi hermana preguntó: ‘¿Y si la dosis no fue suficiente?

Desperté dentro de mi ataúd mientras mi marido le ponía mi collar de oro a mi hermana. ‘Ella ya no lo va a necesitar’, dijo. Iba a abrir los ojos cuando los oí hablar de mi seguro de vida… y entonces mi hermana preguntó: ‘¿Y si la dosis no fue suficiente?

—El seguro es por casi 9 millones de pesos. Con el certificado de defunción no deberían tardar demasiado.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

Tuve miedo de que pudieran escucharme.

Daniela bajó todavía más la voz.

—Ayer pensé que iba a notar el sabor.

Mauricio soltó una risa seca.

—Con tanta canela era imposible.

Todo mi cuerpo se congeló.

—Me dijiste que solo la dormiría —murmuró Daniela.

—Te dije cuánto tenías que triturar. Hiciste exactamente lo que debías.

Quise gritar.

No pude.

Quise levantarme.

Mis músculos no respondieron.

—¿Y si despierta? —preguntó ella.

Mauricio volvió a reír.

—Daniela, mírala. Ya organizaron el velorio. Todos creen que está muerta.

Escuché a una de mis tías preguntar a qué hora llegaría la carroza funeraria.

Otra mujer dijo que el entierro sería antes de las 6.

Me quedaban unas horas.

Tal vez menos.

Si nadie descubría que seguía viva, terminaría bajo tierra antes de recuperar el control del cuerpo.

Intenté mover la mano otra vez.

Nada.

Sentí lágrimas acumulándose bajo mis párpados cerrados.

Fue entonces cuando escuché unos pasos pequeños.

Era Emiliano, el hijo de Daniela.

Tenía 7 años.

El niño se acercó al ataúd comiendo una galleta y se quedó mirando por la abertura de la tapa.

Abrí los ojos.

Emiliano dejó de masticar.

Lo miré fijamente.

Parpadeé.

Una vez.

Dos veces.

La galleta cayó al piso.

—Mamá…

Daniela se volvió.

—¿Qué pasa, mi amor?

El niño señaló el ataúd.

—La tía Laura me está mirando.

El vaso que Daniela tenía en la mano se estrelló contra el suelo.

Y la expresión de Mauricio cambió por completo.

Parte 2: Durante unos segundos nadie respiró.

Mauricio reaccionó primero.

Se arrodilló frente a Emiliano.

—Estás confundido, campeón. Tu tía ya murió.

—No.

El niño negó con la cabeza.

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