a puerta se abrió y apareció un pequeño de aproximadamente ocho años. Tenía el cabello oscuro, ojos grandes y una expresión seria que a Alejandro le resultó extrañamente familiar.
—¿A quién busca? —preguntó el niño.
Alejandro tardó en responder.
—Busco a Lucía Ferrer.
—Mi mamá está en el patio.
La palabra “mamá” cayó sobre él como una piedra.
Durante nueve años jamás había escuchado que Lucía tuviera un hijo. Pensó que quizá se había casado nuevamente. Sintió una mezcla de curiosidad y celos que no tenía derecho a experimentar.
El niño lo condujo por un pasillo estrecho. La casa era humilde, pero estaba limpia. Las paredes estaban cubiertas de dibujos infantiles y fotografías. Había muebles reparados varias veces, una mesa sencilla y una cocina pequeña. En una esquina observó cajas de medicamentos y un tanque de oxígeno.
Lucía estaba tendiendo ropa en el patio.
Al verlo, dejó caer una sábana.
Los años habían cambiado su rostro, pero Alejandro la reconoció inmediatamente. Su cabello tenía algunas canas y sus manos mostraban señales de trabajo. Llevaba un vestido sencillo y sandalias desgastadas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
No parecía contenta ni sorprendida. Parecía asustada.
Alejandro sacó la carta.
—Clara me envió esto.
Lucía la leyó y cerró los ojos.
—No debió hacerlo.
—¿Quién es el niño?
Ella miró hacia la puerta. El pequeño permanecía observándolos.
—Se llama Mateo.
—¿Es tu hijo?
Lucía guardó silencio.
Alejandro sintió que la respuesta estaba frente a él, pero no se atrevía a pronunciarla.
—¿Cuántos años tiene?
—Ocho años y siete meses.
Alejandro comenzó a calcular. La separación había ocurrido nueve años antes. Recordó la noche en que Lucía le pidió que cancelara el viaje porque tenía algo importante que contarle.
—¿Mateo es mi hijo?
Lucía no respondió con palabras. Sus ojos se llenaron de lágrimas y bajó la mirada.
Alejandro retrocedió como si alguien lo hubiera golpeado.
Durante años había dirigido empresas, negociado contratos multimillonarios y tomado decisiones capaces de afectar a miles de personas. Sin embargo, en ese momento no conseguía ordenar sus pensamientos.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Lo intenté.
—¡Eso no es cierto! Nunca recibí una llamada, una carta ni un mensaje.
Lucía entró en la casa y regresó con una caja de cartón. La colocó sobre la mesa del patio y retiró la tapa.
Dentro había cartas, fotografías, copias de correos electrónicos y sobres devueltos.
—Te llamé durante semanas —explicó—. Tu asistente decía que estabas viajando o reunido. Fui a tu oficina dos veces, pero seguridad no me permitió entrar. Después escribí a tu casa y a la empresa.
Alejandro tomó uno de los sobres. Estaba dirigido a su antigua oficina. En una esquina había un sello que decía “rechazado por el destinatario”.
—Yo nunca rechacé esto.
—Eso fue lo que me hicieron creer.
Las cartas contaban la historia completa. Lucía había descubierto que estaba embarazada el mismo día en que le pidió quedarse en casa. Quería darle la noticia durante la cena, pero Alejandro decidió viajar.
Después de la separación, ella intentó informarle. Sin embargo, alguien cercano a él bloqueó todos los intentos.
Alejandro recordó a su madre, una mujer estricta que nunca había aceptado completamente a Lucía. Consideraba que su hijo debía casarse con alguien perteneciente a una familia influyente. Durante el divorcio, ella había insistido en que cortara todo contacto.
—Mi madre controlaba mi correspondencia en aquella época —murmuró.
Lucía asintió.
—Fue a verme cuando tenía cinco meses de embarazo.
Alejandro levantó la cabeza.
Su madre le había ofrecido dinero a cambio de marcharse y no volver a buscarlo. También le aseguró que Alejandro conocía el embarazo y que no quería asumir la responsabilidad de un hijo mientras estaba construyendo su imperio.
Lucía no aceptó el dinero. Aun así, creyó que el mensaje venía de él.
—¿Por qué no fuiste directamente a buscarme?
—Lo hice. Llegué hasta la recepción de tu empresa con esta barriga. Me dijeron que habías dado instrucciones de no recibirme. Después vi una entrevista en la que afirmabas que no existía nada de tu antigua vida que desearas recuperar.
Alejandro recordó aquella entrevista. El periodista le había preguntado por una compañía que había fracasado años antes. Su respuesta no tenía ninguna relación con Lucía, pero ella no podía saberlo.
Una cadena de mentiras, orgullos y mensajes manipulados había separado a un padre de su hijo durante casi nueve años.
Mateo se acercó lentamente.
—Mamá, ¿este señor es mi papá?
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