—Y yo no he dicho que lo sean. Pero todavía no sé qué puedo servirles.
Carmen fue a la cocina y levantó la tapa de la olla.
Las lentejas no alcanzarían para quince hombres hambrientos, pero añadió agua, dos patatas, zanahorias y todo el embutido que encontró en el frigorífico.
Cortó la tortilla en porciones pequeñas.
Puso el queso en una tabla y calentó el pan.
Mientras trabajaba, oyó risas bajas en el comedor. No eran carcajadas escandalosas. Parecían hombres aliviados por haber encontrado un techo.
Carmen sirvió los platos.
—No es mucho.
El motorista tatuado probó una cucharada y cerró los ojos.
—Señora, en este momento esto sabe mejor que cualquier banquete.
Los demás asintieron.
El joven que temblaba se llamaba Daniel. Tendría unos veinticinco años y llevaba el cabello pegado a la frente.
Sujetó el cuenco con las dos manos.
—Gracias —dijo—. De verdad.
Carmen fue repartiendo el pan.
Observó que Javier no comía hasta asegurarse de que todos los demás tuvieran plato. Cuando comprobó que Daniel había recibido una porción mayor, por fin tomó la cuchara.
—¿De dónde vienen? —preguntó ella.
—De Salamanca —respondió Javier—. Acompañamos a la familia de un amigo. Falleció hace unos días.
—Lo siento.
—Era un buen hombre. Él habría hecho lo mismo que usted esta noche.
Carmen dejó otro pan sobre la mesa.
—No he hecho nada especial.
Varios motoristas se miraron entre sí, pero ninguno respondió.
Una hora después, la radio anunció que la carretera seguiría cerrada durante toda la noche. Había vehículos detenidos en varios puntos y los equipos de mantenimiento no podían avanzar.
Javier se acercó al mostrador.
—Puede que tengamos que quedarnos hasta mañana.
Carmen miró la cocina.
No quedaba comida para otra ronda.
—Hay sitio en los bancos —dijo—. Pueden dormir aquí.
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