Parte 2: El licenciado Ernesto Saldaña había sido abogado de Arturo durante 18 años. Conocía cada empresa, cada terreno, cada pleito fiscal y cada herida familiar que el empresario escondía detrás de trajes caros.
Por eso no llegó solo.
Entró con el notario público, un cardiólogo independiente y 2 testigos: Laura Ibarra, directora financiera de la fábrica, y Esteban Rivas, antiguo socio de Arturo. Todo fue grabado en video desde el primer minuto.
—Don Arturo —dijo el médico—, necesito confirmar que comprende lo que está haciendo.
Arturo miró directo a la cámara.
—Lo comprendo. Estoy consciente. Y lo hago porque mi esposa Mariana me ha estado envenenando.
Diego, sentado en una esquina, bajó la mirada. Aún no podía creer que una habitación de hospital se hubiera convertido en el centro de algo tan enorme.
El notario leyó la lista de bienes: la planta de Querétaro, las propiedades de Polanco, la casa de Valle de Bravo, inversiones, cuentas bancarias, acciones y vehículos. Valor estimado: 82.4 millones de dólares.
—Todo será transferido a un fideicomiso administrado por Diego Morales —dijo Arturo con voz débil, pero firme—. Mariana no recibirá nada. Si se confirma que participó en mi muerte, entreguen la grabación a la Fiscalía.
Ernesto conectó el reloj inteligente a una computadora. La voz de Mariana llenó la habitación.
—La digoxina hizo su trabajo.
Laura se llevó una mano a la boca.
Esteban cerró los puños.
Diego sintió un frío en la espalda.
Arturo lo miró.
—No heredas mi dinero, Diego. Heredas mi última oportunidad de hacer justicia.
Tres días después, antes del amanecer, Arturo Méndez murió.
Mariana recibió la llamada a las 6:17. Rodrigo estaba dormido en la casa de Valle de Bravo, usando una bata de Arturo y bebiendo el vino más caro de su cava desde la noche anterior.
Ella escuchó las condolencias de la enfermera, colgó y sonrió.
—Ya está —dijo, destapando champaña—. Se acabó.
Organizó un velorio rápido en una funeraria elegante de Lomas de Chapultepec. Lloró cuando entraron los empresarios, se abrazó a las señoras de sociedad y repitió que Arturo había sido el amor de su vida. Pero bajo el velo negro no cayó una sola lágrima verdadera.
Al fondo, junto a la puerta, Diego observaba en silencio.
Mariana lo vio y sintió una molestia extraña.
—¿Ese qué hace aquí? —murmuró.
Rodrigo ni siquiera volteó.
—Un empleado del hospital. Nadie importante.
Una semana después, todos fueron citados en la notaría de Ernesto Saldaña.
Mariana llegó con vestido negro de diseñador, Rodrigo a su lado y un abogado caro que hablaba como si ya hubiera ganado. Diego estaba sentado junto a Laura y Esteban, con las manos apretadas sobre las rodillas.
Ernesto abrió una carpeta de piel roja.
—Por voluntad expresa del señor Arturo Méndez, otorgada 3 días antes de su fallecimiento, la totalidad de sus bienes pasará al fideicomiso designado a favor del señor Diego Morales.
Mariana parpadeó.
—¿Qué dijo?
—La señora Mariana queda excluida de toda herencia.
El rostro de ella se deformó.
—¿A un camillero? ¿A un muerto de hambre? ¡Yo soy su esposa!
—El testamento fue firmado ante notario, con certificación médica, video continuo y testigos —respondió Ernesto.
Rodrigo se puso pálido.
—Esto se puede impugnar.
—Pueden intentarlo —dijo Ernesto—. Pero también hay evidencia que obliga a investigar la causa de muerte del señor Méndez.
Presionó un botón.
La voz de Mariana salió de las bocinas de la sala.
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