PARTE 1
La llamada llegó a las 19:17, cuando la coronel Elena Robles acababa de abandonar un acto oficial en Madrid y todavía llevaba el uniforme de gala.
—Mamá… ven a buscarme, por favor.
Después, silencio.
Elena conocía aquella voz. Clara, su única hija, podía enfadarse, discutir o llorar, pero jamás hablaba con aquel tono vacío. Condujo hasta el Hospital Universitario Puerta de Hierro sintiendo cómo cada semáforo duraba una eternidad.
Cuando entró en Urgencias, una enfermera trató de detenerla.
—Necesito saber dónde está Clara Robles.
No gritó. No mencionó su rango. Bastó su expresión para que la mujer comprobara el nombre y señalara un box al fondo.
Clara estaba encogida bajo una manta. Tenía el rostro hinchado, un corte en el labio y marcas oscuras en los brazos. El vestido blanco que había llevado aquella tarde a una comida familiar estaba roto por un costado.
Al verla, Elena dejó de ver a una mujer de 31 años.
Vio a la niña que se dormía esperando sus regresos de maniobras. A la adolescente que aseguraba que jamás permitiría que el dinero decidiera quién era una persona.
—Mamá…
Elena la abrazó.
Entonces oyó unas risas en el pasillo.
Álvaro Valcárcel, marido de Clara, apareció acompañado por su madre, Mercedes, y su hermano Gonzalo. Los 3 vestían como si acabaran de salir de una comida elegante en Pozuelo.
Mercedes fue la primera en hablar.
—Clara se puso nerviosa, tropezó y montó un espectáculo. Ya sabes cómo es.
Clara se aferró a la manga de su madre.
—Me encerraron en la casa de invitados. Me quitaron el móvil. Álvaro dijo que si intentaba separarme de él, harían que pareciera que estaba desequilibrada.
Álvaro soltó una sonrisa cansada.
—Otra vez con sus historias.
Gonzalo miró las insignias de Elena.
—Aquí no estamos en un cuartel.
Mercedes se acercó un poco más.
—Nuestra familia conoce jueces, abogados, periodistas. Tu uniforme no nos da miedo; aquí nadie te va a creer.
Elena no respondió.
Pidió a la enfermera que no permitiera que ninguno de ellos volviera a entrar. Solicitó que quedaran documentadas todas las lesiones y llamó a la Policía Nacional.
Mercedes sonrió, convencida de que aquello acabaría en una discusión privada.
Hasta que una enfermera regresó con una pequeña bolsa transparente.
Dentro había un llavero metálico negro encontrado cosido en el forro roto del vestido de Clara.
Clara lo vio y palideció.
—Mamá… eso no es un llavero.
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