—Tengo una reunión en la sede central. Intentaré llegar.
—¿Intentarás?
Laura intervino rápido.
—Tu papá hará todo lo posible.
Diego asintió.
Se fue a la escuela con su tarea en blanco y el pecho lleno de esperanza.
En el Colegio Público Los Encinos, el Día de las Profesiones era casi una fiesta.
Algunos padres llegaron con trajes formales.
Otros con uniformes de trabajo.
Una enfermera con ojeras entró sonriendo.
Un chef llevó una caja con pan dulce.
Un mecánico llegó con las manos limpias, pero aún con marcas negras en las uñas.
Una arquitecta traía planos enrollados.
Y un abogado llegó hablando por teléfono, como si el mundo dependiera de esa llamada.
La maestra Patricia Soler saludó a cada uno.
Al abogado le dedicó una sonrisa enorme.
A la arquitecta la presentó con entusiasmo.
Al chef le dijo “qué bonito oficio”.
A la enfermera le agradeció “su labor”.
Al mecánico apenas le dio la mano.
Diego lo notó.
Siempre notaba esas cosas.
Patricia llevaba veinticuatro años dando clases.
Tenía fama de estricta.
Leave a Comment