PARTE 1
—¿Qué pasó, Mariana? ¿El hombre con el que me engañaste también terminó cansándose de ti?
Víctor Hernández soltó aquellas palabras frente a varias personas que esperaban un plato caliente cerca de Buenavista, en Ciudad de México.
Mariana levantó la mirada apenas un segundo.
Estaba más delgada, llevaba una chamarra gastada y tenía el cabello húmedo por la llovizna. No respondió a la humillación.
Recibió el plato, dio las gracias y, antes de marcharse, guardó un bolillo en una pequeña mochila con mariposas.
Víctor sintió algo extraño.
Durante 4 años había imaginado aquel encuentro. Pensaba que Mariana viviría rodeada de lujos con el supuesto amante por quien, según él, había destruido su matrimonio.
Pero aquella mujer parecía agotada.
Todo había comenzado cuando ambos vivían en Azcapotzalco, en un departamento propiedad de Elvira, la madre de Víctor.
Mariana trabajaba en logística y ganaba mejor que su esposo. Ahorraba prácticamente todo lo que podía para comprar una casa.
Víctor, en cambio, cargaba una inseguridad que nunca quiso admitir.
Elvira sabía alimentarla.
—Una mujer que llega tarde todas las noches no está cuidando su matrimonio.
—También trabajo, señora Elvira —respondía Mariana.
—Pues una esposa de verdad puede hacer las 2 cosas.
Víctor jamás defendía a Mariana.
Peor aún, permitía que su madre controlara sus cuentas bancarias porque, según Elvira, ella “sabía administrar mejor”.
Cuando Mariana quedó embarazada, comenzó a sufrir fuertes náuseas y episodios de deshidratación.
En una clínica conoció al licenciado Matías Téllez, un abogado jubilado que ofrecía orientación gratuita a mujeres que sufrían violencia económica.
Una tarde, al verla casi desmayarse, Matías la llevó a casa.
Elvira los siguió.
Tomó una fotografía y pagó para que eliminaran de la imagen el letrero de la clínica, la rampa médica y cualquier detalle que revelara dónde estaban.
Aquella noche arrojó la foto sobre la mesa.
—Mira a tu esposa con su amante.
Mariana palideció.
—Víctor, estoy embarazada. Ese señor es abogado. Neta, déjame explicarte.
Pero Víctor estaba demasiado herido en su orgullo.
—Lárgate.
—Escúchame aunque sea 5 minutos.
—Dije que te largues.
A la mañana siguiente, Mariana dejó un sobre sobre el mueble.
—Por favor, léelo.
Elvira lo escondió antes de que Víctor pudiera verlo.
24 horas después, transfirió los 420 mil pesos que la pareja había ahorrado a su propia cuenta.
Luego miró a su hijo y mintió sin pestañear:
—Mariana vació la cuenta y huyó con ese hombre.
Víctor jamás revisó el banco.
Ni ese día.
Ni durante los siguientes 4 años.
Ahora, frente a Buenavista, observó cómo Mariana se alejaba con aquella mochila infantil.
Algo no cuadraba.
La siguió hasta un edificio discreto.
En la entrada había un letrero azul: “Centro de Apoyo para Mujeres y Niños”.
A través de una ventana vio a Mariana partir el bolillo y darle el pedazo más grande a una niña de aproximadamente 4 años.
Cuando la pequeña levantó el rostro, Víctor dejó de respirar.
Tenía sus mismos ojos.
Su nariz.
Hasta el mismo hoyuelo de su infancia.
Entonces una voz sonó detrás de él:
—Señor Hernández, creo que después de 4 años ya es hora de que conozca la verdad.
Víctor se volteó.
Era el supuesto amante.
Y llevaba bajo el brazo una carpeta llena de documentos.
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