PARTE 2
Mauricio Rivas no gritó al principio.
Eso fue lo que más inquietó a Ramiro.
Los culpables nerviosos suelen equivocarse rápido. Los poderosos, en cambio, entran como si el mundo les debiera obediencia.
“Oficial Salgado”, dijo Mauricio, leyendo el gafete a través del vidrio. “Soy médico. Mis hijas requieren atención inmediata. Si usted las retiene, voy a denunciarlo por abuso de autoridad.”
Ramiro sostuvo el teléfono contra la oreja y habló con la central.
“El padre reportante ya está en la comandancia. Solicito apoyo. Mantengo a las menores bajo resguardo hasta valoración médica.”
Mauricio pegó más el rostro al cristal.
“Lucía inventa cosas. Siempre ha sido manipuladora. Su madre la volvió así.”
Lucía, escondida detrás del mostrador, apretó los labios. No lloró. Pero sus ojos se apagaron un poco, como si esas palabras ya las hubiera escuchado muchas veces.
La ambulancia llegó por la entrada lateral. Dos paramédicos entraron con una camilla. Uno revisó a Renata; el otro le hizo preguntas suaves a Lucía.
“¿De qué color era el líquido?”
“Transparente.”
“¿Olía a algo?”
“A alcoholito dulce.”
“¿Tu papá se lo dio a las dos?”
Lucía negó.
“A mí me dijo que me tocaba después. Pero Renata empezó a doblarse y corrí con ella.”
Ramiro sintió que el estómago se le convertía en piedra.
Mauricio seguía afuera, hablando por teléfono, moviéndose de un lado a otro bajo la lluvia. Luego hizo algo que lo delató: bajó la mochila rosa del hombro, abrió el cierre delantero y miró dentro. Solo un segundo. Después trató de volver a la camioneta.
“Deténgalo”, dijo Ramiro al oficial que acababa de entrar por la puerta lateral.
No hubo golpes ni escándalo. Solo dos policías saliendo bajo la lluvia, la mano firme sobre la mochila y Mauricio endureciendo la mandíbula.
“Esa mochila es de mis hijas”, dijo él. “No tienen derecho.”
“Sus hijas acaban de pedir protección”, respondió Ramiro.
Dentro del bolsillo frontal encontraron otra jeringa oral vacía, envuelta en una servilleta blanca. La servilleta tenía pegada media etiqueta de farmacia, arrancada con cuidado.
Ramiro comparó los números con el comprobante impreso.
Coincidían.
Pero la etiqueta no estaba a nombre de Renata.
Ni de Lucía.
Estaba a nombre de Mauricio Rivas.
El medicamento era un sedante líquido concentrado, recetado para un adulto con insomnio severo. En la advertencia resaltaba una frase que hizo que el paramédico levantara la mirada:
NO ADMINISTRAR A MENORES. RIESGO DE DEPRESIÓN RESPIRATORIA.
Mauricio se enderezó.
“Fue un error”, dijo con una calma perfectamente ensayada. “Me equivoqué de jeringa. Mi casa está hecha un caos por culpa de mi exesposa. Las niñas no obedecen. En cuanto noté la confusión, llamé para reportarlas.”
Ramiro lo miró fijo.
“¿Un pediatra confundió un sedante adulto con medicina infantil?”
“Un padre desesperado puede equivocarse.”
“¿Y por qué su hija escondió la jeringa en el zapato porque usted revisa sus bolsillos?”
La mandíbula de Mauricio se movió apenas.
“Quiero a mi abogado.”
“Lo va a tener.”
“Entonces no me haga más preguntas.”
Ramiro se acercó lo suficiente para que solo él lo oyera.
“No estoy interrogándolo, doctor. Estoy deteniéndolo.”
El rostro de Mauricio perdió color.
En ese momento, subieron a Renata a la camilla. Estaba consciente, pero su respiración era débil. Lucía caminó junto a ella, aferrada a su mano.
Cuando pasaron frente a Mauricio, él intentó hablarles.
“Niñas, díganles que fue un accidente.”
Lucía se detuvo.
Por primera vez, miró a su padre sin bajar la cabeza.
“No fue accidente”, dijo. “Yo te vi llenar la jeringa en tu baño.”
El silencio cayó como una puerta de hierro.
Mauricio dio un paso hacia ella, pero los policías lo sujetaron.
“Lucía”, dijo con una voz que ya no era de padre, sino de amenaza. “Piensa bien lo que estás haciendo.”
Renata abrió los ojos desde la camilla.
“Ella ya pensó”, murmuró. “Por eso me salvó.”
Los paramédicos cerraron las puertas de la ambulancia. Ramiro se quedó bajo la lluvia, viendo cómo se alejaban las luces rojas.
Creyó que ya había visto lo peor.
Pero a las 8:40 de la noche, una agente del Ministerio Público llegó con una carpeta de custodia familiar.
Y cuando Ramiro leyó el primer documento, entendió que Mauricio no solo había intoxicado a su hija.
Había preparado a quién culpar.
PARTE 3
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