PARTE 2: EL HOMBRE EN LA TERRAZA
La mañana en que debíamos volver a México, Camila seguía dormida en la habitación del hotel. Rodrigo bajó temprano para cargar las maletas en el auto rentado, y yo fui a recepción para revisar la cuenta final.
La gerente, una mujer de cabello corto llamada Daniela, me miró con una expresión extraña. No era lástima. Tampoco era simple cortesía. Era como si cargara una noticia que no le pertenecía.
“Señora Valeria”, dijo en voz baja, “creí que su esposo ya le había contado.”
Sentí frío en la espalda.
“¿Contarme qué?”
Daniela abrió un cajón y sacó un sobre blanco con mi nombre escrito a mano.
“Hay una persona esperando en la terraza. Un señor llamado Ernesto. Él pagó dos de los arreglos especiales para su hija.”
“¿Qué arreglos?”
“El desayuno con los personajes y el equipo especial para la playa.”
Me quedé inmóvil.
Nosotros habíamos creído que el hotel nos había dado un descuento por la fundación. Rodrigo me había dicho que no preguntara demasiado, que a veces la gente buena simplemente ayudaba.
A través de las puertas de cristal vi a un hombre mayor sentado en la terraza. Tenía el cabello blanco, los hombros caídos y sostenía entre las manos una copia de nuestra foto frente al castillo.
No necesité que nadie me dijera quién era.
Era don Ernesto, el papá de Andrés.
El abuelo biológico de Camila.
Sentí que la sangre me golpeaba la cara.
Después de la muerte de Andrés, don Ernesto y yo intercambiamos cartas llenas de dolor y rabia. Él me acusó de apartarlo de su nieta. Yo le reclamé que hubiera desaparecido cuando más lo necesitábamos. Él decía que la muerte de su hijo lo había destruido. Yo le respondía que a mí también, pero que yo tenía una bebé que alimentar.
La última carta llegó cuando Camila tenía un año. En ella decía que, si algún día yo estaba lista, lo llamara. Yo nunca respondí.
Con el tiempo, me convencí de que no le importábamos.
Quizá él se convenció de que yo lo había borrado.
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