—He pensado en ellos durante once años.
—Si mi empresa cae, su futuro también se verá afectado.
—Su futuro no depende de tu empresa.
—No sabes manejar una fortuna de ese tamaño.
—Tú tampoco.
Vanessa tomó su bolso.
—Yo me voy.
Alejandro la sujetó de la muñeca.
—No te atrevas.
—Suéltame.
—Estás metida en esto.
—Yo no firmé nada.
Bernardo la observó.
—En realidad, señorita Ríos, aparece como beneficiaria de seis transferencias por un total de nueve millones ochocientos mil pesos.
Vanessa dejó de moverse.
—Eso era mi salario y mis bonos.
—Dos de esas transferencias fueron descritas como pago por consultoría internacional, pero usted no salió del país ni presentó informes.
—Yo no sabía de dónde venía el dinero.
—Podrá explicarlo ante la fiscalía.
Ella se soltó de Alejandro.
—Me dijiste que todo era legal.
—Lo era.
—¡Me mentiste!
—Tú querías el departamento, el coche y los viajes.
—Porque dijiste que podías pagarlos.
—Y tú nunca preguntaste.
Vanessa comenzó a llorar, pero no sentí compasión.
No después de verla parada en mi puerta, sonriendo frente a mis hijos.
De pronto, un automóvil gris se detuvo detrás de la camioneta de Bernardo.
Bajaron dos agentes vestidos de civil.
Uno de ellos mostró una identificación.
—¿Alejandro Salazar?
Nadie respondió.
El agente repitió su nombre.
Alejandro dio un paso hacia la puerta.
El guardia bloqueó el acceso.
—Señor Salazar —continuó el agente—, necesitamos que nos acompañe para responder unas preguntas relacionadas con operaciones financieras y falsificación de documentos.
—No pueden detenerme sin una orden.
—No está detenido todavía.
—Entonces no voy.
El segundo agente levantó una carpeta.
—También tenemos una orden para asegurar computadoras, teléfonos y registros de su empresa.
Vanessa soltó un gemido.
Alejandro me miró.
—Tú hiciste esto.
—No. Tú lo hiciste.
Su expresión cambió.
La súplica desapareció.
En su lugar apareció algo oscuro.
—Después de todo lo que hice por ti…
Me reí, aunque tenía ganas de llorar.
—¿Qué hiciste por mí, Alejandro? ¿Engañarme? ¿Robarme? ¿Intentar dejarme sin casa y sin hijos?
—Te di una vida.
—Yo pagué esa vida.
—Eras una secretaria sin futuro cuando te conocí.
La frase me golpeó más de lo que quería admitir.
Durante años, había repetido esa idea de distintas formas.
Que sin él yo no era nadie.
Que él era el exitoso.
Que yo solo tenía suerte de acompañarlo.
Respiré hondo.
—Y tú eras un hombre con una mesa prestada y una deuda que yo pagué vendiendo la última joya de mi madre.
Él bajó la voz.
—Podemos solucionarlo.
—No.
—Devuélveme el acceso a las cuentas y retiraré la demanda de custodia.
—¿Crees que todavía puedes negociar conmigo?
—Soy el padre de tus hijos.
—Y por eso espero que aprendas a serlo. Pero ya no vas a usar a Sofía y Mateo como moneda de cambio.
Los agentes se acercaron.
Alejandro miró a ambos lados como un animal acorralado.
Entonces corrió.
No hacia la calle.
Hacia la ventana lateral de la casa.
Empujó al guardia y saltó sobre los arbustos, intentando llegar al garaje.
Uno de los agentes lo alcanzó antes de que tocara la puerta.
Alejandro forcejeó.
—¡Suéltenme! ¡Este es mi hogar!
—Deje de resistirse.
—¡Mariana, diles que paren!
Lo vi caer de rodillas sobre el césped.
Por un segundo recordé al joven que me esperaba afuera de la universidad con café barato.
Al hombre que cargó a Sofía por primera vez.
Al padre que una noche pasó horas construyendo una cuna para Mateo.
Quise encontrar a ese hombre dentro de él.
Pero ya no estaba.
Tal vez nunca había estado.
—Mariana —gritó—, ¡no puedes hacerme esto!
Me acerqué lo suficiente para que pudiera escucharme.
—Tienes razón.
Me miró con esperanza.
—Yo no puedo hacerlo.
Señalé a los agentes.
—La ley sí.
Se lo llevaron mientras Vanessa permanecía en la banqueta, temblando.
Cuando el automóvil desapareció al final de la calle, ella me miró.
—No tengo adónde ir.
—Eso mismo me dijiste hace veinte minutos.
—Yo estaba enojada.
—Estabas disfrutándolo.
—Alejandro me engañó.
—Y tú me ayudaste a destruir mi matrimonio.
—No sabía todo.
—Sabías suficiente.
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