PARTE 2
El día del vuelo, la familia llegó al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México antes del amanecer.
Elena bajó de la camioneta con su maleta roja, un suéter doblado sobre el brazo y una bolsita de medicinas perfectamente ordenada. Llevaba el cabello peinado hacia atrás y un broche de perlas falsas que Mateo le había regalado cuando tenía 12 años.
—¿Me veo bien? —preguntó nerviosa.
—Como turista elegante —dijo Mateo.
Ella sonrió.
Arturo, Marcela, Patricia, Rogelio y los primos avanzaban rápido, arrastrando maletas enormes, hablando de restaurantes, fotos y compras. Nadie ayudó a Elena con su equipaje. Mateo tomó la maleta roja.
En la fila de documentación, Elena empezó a buscar en su bolsa.
—Arturo, hijo, ¿tú traes mi boleto?
El rostro de su padre cambió apenas.
—Ahorita vemos, mamá.
Cuando llegaron al mostrador, Arturo habló con la empleada de la aerolínea. Mateo observó cómo fingía sorpresa, cómo se llevaba una mano a la frente, cómo miraba hacia atrás con una cara ensayada.
Después volvió.
—Hubo un problema.
Elena parpadeó.
—¿Qué problema?
—Tu reservación no aparece confirmada.
—¿Cómo que no aparece?
Patricia suspiró, como si la noticia la incomodara solo por retrasarlos.
—Mamá, tal vez es una señal. El vuelo es muy largo.
Rogelio agregó:
—Además, allá se camina muchísimo. Usted se puede caer.
Elena miró a Arturo.
—Hijo, dime la verdad. ¿Alguna vez compraste mi boleto?
El silencio hizo más ruido que todos los anuncios del aeropuerto.
Mateo sintió que la rabia le subía al pecho.
—No lo compraste.
Marcela lo sujetó del brazo.
—Mateo, cállate.
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