PARTE 2: EL AGUA Y LA LLAMADA
Valeria no gritó.
Quiso hacerlo. Quiso tomar la vajilla fina de Doña Teresa y estrellarla contra la pared. Quiso arrastrar a Rodrigo hasta donde estaba Nico y obligarlo a mirar lo que había permitido. Pero debajo de la mesa, su hijo temblaba con las manos en los oídos.
Si ella perdía el control, ellos la llamarían histérica. Dirían que el viaje la había vuelto inestable. Usarían su dolor como arma.
Así que respiró hondo.
-Estoy cansada -dijo con una calma que heló la sala-. Voy a bañar a mi hijo.
Rodrigo soltó el aire, aliviado.
-Eso es lo más sensato que has dicho.
Camila sonrió, creyendo que Valeria había llegado rota.
Valeria se agachó sin invadir el espacio de Nico.
-Ven, mi vida. No voy a hacerte daño.
Tardó casi quince minutos en convencerlo de salir. Cuando por fin lo cargó, sintió que pesaba demasiado poco. Era liviano de una forma que no correspondía a un niño de cuatro años.
En el baño, Nico entró en pánico cuando escuchó el agua de la regadera. Gritó, pataleó, intentó cubrirse la cabeza. Valeria cerró la llave de inmediato y lo limpió con una toalla tibia, centímetro por centímetro.
Entonces vio las señales.
Moretones viejos en los muslos. Raspones en la espalda. Marcas rojizas en las muñecas. Tierra pegada bajo las uñas. La piel irritada por abandono.
Valeria apretó la toalla contra su boca para no sollozar.
-¿Qué te hicieron, mi niño?
Nico no contestó. Miró un punto invisible de la pared, como si hubiera aprendido a irse lejos sin moverse.
Esa noche, cuando Nico se quedó dormido hecho bolita en una esquina del colchón, Valeria bajó a la cocina. Encontró a Jimena, la empleada que llevaba años trabajando con la familia, lavando vasos con las manos temblorosas.
En cuanto la vio, Jimena se echó a llorar.
-Señora Valeria… perdóneme.
-Dime la verdad -susurró Valeria-. Todo.
Jimena miró hacia la sala.
-Doña Teresa me amenazó. Dijo que si hablaba me iba a dejar sin trabajo en toda la ciudad. Cuando usted se fue, la señorita Camila empezó a quedarse algunas noches. Luego ya nunca se fue. Cuando nació Mateo, Doña Teresa cambió por completo. Decía que ese bebé sí era de sangre fuerte. A Nico lo fueron apartando. Primero de la mesa, luego de la sala, luego de la familia.
Valeria sintió que las piernas le fallaban.
-¿Y Rodrigo?
Jimena bajó la cabeza.
-Fue él quien ordenó que Nico no se acercara a Mateo. Decía que daba mala imagen. Cuando Nico lloraba, lo encerraban en la alacena junto al cuarto de servicio. Le aventaban pan, sobras, lo que quedaba. Como si fuera un perro.
Valeria cerró los ojos.
El silencio que siguió no fue vacío. Fue una sentencia naciendo.
Durante la cena, Doña Teresa quiso marcar territorio.
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