Lucía estaba en una camilla al fondo.
Tenía el labio partido, un ojo morado y marcas en los brazos.
Su vestido beige, de esos que usaba para parecer “perfecta” ante la familia de su esposo, estaba rasgado de un costado.
Cuando vio a su madre, se cubrió la cara.
Como si todavía tuviera vergüenza.
Como si ella hubiera hecho algo malo.
Mariana se acercó despacio y le tomó la mano.
—Ya estoy aquí, mi niña.
Lucía temblaba.
—Me encerraron en la casa de huéspedes… me quitaron el celular… Teresa dijo que si hablaba, nadie me iba a creer.
Antes de que Mariana pudiera responder, una risa elegante y cruel sonó detrás de ella.
—Ay, por favor. Qué dramática salió la muchachita.
En la puerta estaban Esteban Granados, su madre Teresa y su hermano Bruno.
Ropa carísima.
Relojes brillantes.
Caras de gente acostumbrada a que el mundo se agache.
Teresa se acomodó el collar de perlas y sonrió.
—Coronel Rivas, su hija tuvo una crisis. Se cayó sola. Ya sabe, las niñas sensibles hacen teatrito cuando no soportan la presión de una familia importante.
Lucía apretó la mano de su madre.
—No fue cierto, mamá.
Esteban ni siquiera la miró.
—Lucía exagera todo. Desde antes de la boda era inestable.
Bruno soltó una carcajada.
—La neta, coronel, algunas mujeres quieren apellido fino, pero no aguantan las reglas de la casa.
Mariana se puso de pie.
Teresa avanzó un paso.
—No haga escándalo. Tenemos jueces, doctores y periodistas de nuestro lado. Su uniforme no nos asusta.
Luego se inclinó hacia ella y susurró:
—No puede hacernos nada.
Mariana la miró en silencio.
Demasiado silencio.
Y entonces respondió con una calma que les borró la sonrisa.
—Tiene razón. No voy a tocar a nadie.
Teresa sonrió, creyendo que había ganado.
Pero Mariana acomodó la manta sobre los hombros de Lucía y añadió:
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