Debían entregarse en persona, con los niños presentes.
—Mañana por la mañana —dijo—. En mi despacho, a las nueve.
Entonces su voz se suavizó.
—Me pidió que repitiera su última instrucción. Confía en él.
El escalofrío del funeral aún me calaba hasta los huesos cuando me senté en el despacho del abogado a la mañana siguiente.
Marlene y sus hermanos ya estaban allí, formados como un jurado. Ella cruzó las piernas e inclinó la cabeza hacia mí.
—Qué amable de tu parte venir —dijo Marlene—. ¿Cuándo piensas irte de la casa de nuestro padre?
Junté las manos para que no me temblaran.
Sobre el escritorio había una pequeña caja de madera. No había ningún testamento a la vista.
El abogado se ajustó las gafas y nos miró a ambos.
—Russell me pidió que siguiera sus instrucciones en orden.
Marlene rió suavemente.
—La camarera se lleva un recuerdo.
El abogado deslizó la caja hacia mí.
—Quería que la recibieras primero.
Dentro no había llaves, ni dinero, ni joyas, solo una carta doblada y una fotografía desgastada.
Marlene resopló.
—Ahí está. La última broma de papá.
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