PARTE 2
En el hospital Ángeles, el médico fue directo:
—Si la señora y la bebé hubieran pasado 1 hora más afuera, estaríamos hablando de otra cosa.
Mateo no se movió de la cama. Valeria tenía suero, mantas térmicas y una marca roja en la muñeca donde alguien la había jalado. Lucía dormía en una incubadora tibia, con los cachetes recuperando poco a poco el color.
—Cuéntame todo —pidió él.
Valeria tragó saliva.
—Tu mamá llegó 3 semanas después de que nació Lucía. Dijo que venía a ayudarme porque tú no estabas. Luego llegó tu papá con cajas de la empresa. Empezaron a revisar tu correspondencia, tus correos impresos, tus cosas. Me quitaron la tarjeta porque dijeron que yo no sabía administrar.
Mateo apretó la mandíbula.
—¿Qué más?
—Me enseñaron un poder notarial con tu firma. Decía que tu papá podía manejar tus cuentas y decidir sobre la casa. Después me mostraron una carta de divorcio.
—Yo nunca firmé eso.
—Lo sé —dijo ella, con lágrimas silenciosas—. Pero sabían cosas de nuestros mensajes. Cosas que solo tú y yo habíamos escrito. Me dijeron que tú estabas harto, que no querías volver a verme, que Lucía ni siquiera era tu hija.
Mateo bajó la mirada a la bebé.
El sobre que encontró en la mochila llevaba una supuesta prueba de ADN. Según el documento, Lucía no era suya. Había fechas, sellos, firma de laboratorio y una nota manuscrita de su madre: “Cuando por fin abras los ojos, entenderás por qué tuvimos que sacarla”.
Era una trampa.
Y estaba hecha con cuidado.
—¿Te golpearon? —preguntó él.
Valeria tardó demasiado en contestar.
—Tu papá no. Tu mamá me empujó cuando intenté entrar por la chamarra de Lucía. Dijo que si no me iba, iba a llamar al DIF y decir que yo ponía en riesgo a la niña.
Mateo besó la frente de su esposa.
—Ya no estás sola.
A las 7 de la mañana regresó a la casa con el celular grabando en el bolsillo de la camisa.
Encontró a Rebeca metiendo la ropa de Valeria en bolsas negras de basura. Rogelio estaba en el estudio hablando por teléfono.
—Convoca a la mesa directiva hoy mismo —ordenaba—. Mi hijo volvió alterado. Necesitamos declararlo incompetente antes de que haga una estupidez.
Mateo entró sin tocar.
Rebeca se sobresaltó.
—Deberías estar con tu esposa en el hospital.
—Deberías explicar por qué faltan 9,600,000 pesos de mi cuenta de despliegue.
Ella palideció apenas, pero fingió indignación.
—No sé de qué hablas.
Rogelio apareció en la puerta del estudio.
—Ese dinero fue invertido. Algún día me vas a agradecer que piense como empresario y no como empleado armado.
—Lo transferiste a Grupo Mirlo.
La sonrisa de Rogelio se quebró por medio segundo.
Grupo Mirlo era una sociedad fantasma registrada a nombre del hermano de su contador.
—Has estado husmeando —dijo.
—He estado auditando.
Rogelio soltó una carcajada.
—¿Tú? ¿Auditar? Yo levanté Salazar Infraestructura desde cero.
—No. Mi abuelo la levantó.
—Y me la dejó a mí.
—Te dejó el 49%.
El silencio cayó pesado.
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