PARTE 2
Valeria despertó bajo una luz blanca que le cortaba los ojos.
Lo primero que sintió fue la mano de Diego apretando la suya. Lo segundo fue un dolor profundo en el abdomen. Lo tercero, el silencio extraño de una habitación donde todos hablaban bajito, como si cualquier palabra pudiera romper algo.
“Los bebés”, murmuró.
Diego tenía los ojos rojos.
“Están vivos.”
Valeria intentó incorporarse, pero una enfermera la detuvo.
“Mariana necesitó oxígeno”, dijo Diego, tragándose el llanto. “Mateo nació más fuerte. Les hicieron cesárea de emergencia.”
Valeria giró la cabeza.
A través del cristal vio 2 incubadoras en la sala neonatal. Dos cuerpos diminutos, conectados a tubos, peleando por quedarse en el mundo.
Todo volvió de golpe.
La cocina. Los papeles. Marcela. Teresa. El golpe. El agua en el piso.
“Marcela me atacó”, dijo. “Tu mamá la ayudó.”
Diego se puso de pie como si la rabia le hubiera atravesado los huesos.
Antes de que pudiera salir, una mujer con saco oscuro entró a la habitación.
“Soy la comandante Natalia Ríos, de la Fiscalía.”
La comandante explicó que Teresa había llamado al 911 casi 40 minutos después. Cuando los paramédicos llegaron, Marcela lloraba en la sala, diciendo que Valeria se había alterado por dinero, la había empujado y luego había resbalado.
“Dicen que usted tuvo una crisis emocional”, dijo Natalia con cuidado. “Que intentó atacar primero.”
Diego golpeó la pared con la palma abierta.
“Eso es mentira.”
Valeria cerró los ojos.
“La cámara.”
Diego sacó su celular y abrió la aplicación de seguridad.
La pantalla mostró negro.
Sin conexión.
Teresa había desconectado el centro de grabación. Marcela había borrado mensajes. La cocina había sido limpiada con cloro antes de llamar a emergencias.
Por un momento, Diego pareció hundirse.
Pero Valeria no.
“Busca mi teléfono”, le dijo a Natalia. “Marcela lo pateó debajo del mueble junto a la barra.”
Luego pidió hacer una llamada.
“¿Olivia?”
Del otro lado contestó Olivia Márquez, su antigua jefa en la firma de auditoría forense.
“Valeria, ¿qué pasó?”
“Necesito recuperar una nube cifrada. Intentaron borrar evidencia.”
Olivia entendió de inmediato.
Años atrás, ambas habían investigado directores que destruían pruebas creyendo que desconectar una cámara era suficiente. Pero los delincuentes siempre olvidaban algo: borrar evidencia también deja huellas.
La cámara de Diego subía clips cada 10 segundos a servidores externos. Desconectar el equipo detenía lo nuevo, pero no tocaba lo ya enviado. La llave de recuperación no estaba en el celular. Diego la llevaba grabada en el interior de su anillo de bodas, por capricho romántico de Valeria.
Mientras Mariana y Mateo luchaban en terapia neonatal, Olivia restauró los archivos.
Primero apareció Marcela exigiendo la firma.
Luego el golpe.
Luego el grito de Valeria.
Diego se cubrió la boca, incapaz de mirar.
Después apareció Teresa entrando a la cocina.
“¿Ya quedó?”
Y más tarde, Teresa con guantes de hule limpiando el piso.
La comandante Natalia apretó la mandíbula.
“Agresión agravada, tentativa de robo, manipulación de evidencia y conspiración.”
Diego dijo:
“Arréstenlas.”
Valeria negó con la cabeza.
“No todavía.”
Todos la miraron.
“Marcela dijo que mañana la cuenta estaría vacía. Eso significa que alguien dentro del banco la está ayudando.”
Olivia rastreó el intento fallido de acceso.
El dispositivo pertenecía a Gerardo Luján, novio de Marcela y subgerente de una sucursal bancaria en Santa Fe. Había preparado autorizaciones falsas desde la conexión de internet de Teresa.
La transferencia estaba programada para el viernes.
Faltaban 2 días.
Diego quería justicia inmediata.
Valeria quería atraparlos a todos.
Así que, desde la cama del hospital, escribió a Teresa:
“No recuerdo bien qué pasó. Necesito arreglar lo de la cuenta antes de que Diego se entere. ¿Puedes ayudarme?”
Teresa respondió en 11 segundos.
“Claro, hija. Yo te ayudo.”
Esa misma noche, Marcela subió una foto brindando con champaña.
La descripción decía:
“Nuevos comienzos.”
Creyó que Valeria había perdido la memoria.
No sabía que acababa de caminar directo hacia la trampa.
PARTE 3
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