PARTE 2
En las pantallas del salón apareció una línea de tiempo.
No fotos románticas.
No videos de compromiso.
No frases cursis con nuestros nombres.
Aparecieron transferencias bancarias, contratos falsificados, facturas infladas y empresas fantasma registradas en Monterrey, Guadalajara y Mérida.
La primera pantalla decía:
FONDO DE REMODELACIÓN SALAZAR HOTELES: 148 MILLONES DE PESOS DESVIADOS.
El salón explotó en murmullos.
Leonardo dio un paso hacia mí.
—Apaga eso, Valeria.
—No.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Lo sé desde hace tres meses.
Rebeca intentó caminar hacia la cabina de audio, pero dos elementos de seguridad del hotel se colocaron frente a ella.
—¡Quítense! —ordenó, como si siguiera mandando.
Nadie se movió.
Mi padre tomó el micrófono.
—Esta mañana, el consejo de administración votó por unanimidad la separación inmediata de Leonardo Montero de cualquier cargo relacionado con el Grupo Salazar.
En la pantalla apareció el acta.
RESOLUCIÓN DEL CONSEJO: TERMINACIÓN POR CAUSA. INICIO DE ACCIONES CIVILES Y PENALES.
Leonardo se quedó pálido.
—Esto es una locura —dijo—. Mi abogado va a destruirte.
—Tu abogado ya renunció esta mañana —respondí.
Esa fue la primera vez que vi miedo real en su cara.
Pero faltaba lo peor.
Durante meses, Leonardo me había pedido firmar un convenio postmatrimonial. Decía que era “para protegernos”. En realidad, ese documento entregaba mis acciones con derecho a voto a un fideicomiso manejado por su familia.
Si yo firmaba, los Montero tendrían control del grupo.
Y después, según un correo que encontré, Leonardo pensaba divorciarse y demandarme alegando que la transferencia había sido voluntaria.
—Nos hubieras entregado todo —dijo mi papá, mirando a Leonardo—. Hoteles, terrenos, cuentas, marcas. Todo lo que mi madre y yo construimos.
Rebeca soltó una risa seca.
—No dramatice, Ernesto. Su hija no nació para dirigir. Nació con suerte.
Esa frase encendió algo en el salón.
Una de las camaristas, doña Lucha, que llevaba veinticinco años trabajando con nosotros, se levantó desde la última fila.
—La señorita Valeria nos defendió cuando querían recortar sueldos —dijo con voz temblorosa—. Ella sí sabe lo que vale esta empresa.
Varios empleados empezaron a aplaudir.
Leonardo los miró con desprecio.
—Siéntense. Esto no les incumbe.
Entonces presioné la perla de mi pulsera.
El audio salió por las bocinas.
Leave a Comment